Durante años, el Sáhara Occidental ha sido presentado como un conflicto enquistado, diplomáticamente estancado y sin margen real de evolución. La narrativa dominante hablaba de un expediente congelado, gestionado en el marco de Naciones Unidas pero sin capacidad efectiva de transformación. Sin embargo, las últimas semanas han introducido un elemento que obliga a revisar esa lectura: la reactivación del interés estadounidense en el dossier.
No hay acuerdo a la vista. No se ha anunciado ningún cambio de posición formal. Pero tampoco puede hablarse ya de inmovilidad.
El regreso de Washington
Estados Unidos nunca ha sido un actor secundario en el equilibrio magrebí. La decisión adoptada en 2020 alteró el contexto diplomático y redujo los márgenes de ambigüedad. Desde entonces, la cuestión parecía estabilizada en una suerte de statu quo imperfecto: reconocimiento unilateral por parte de Washington, marco onusiano formalmente intacto y ausencia de avances sustantivos en el proceso político.
La secuencia reciente —contactos diplomáticos, declaraciones medidas, señales de implicación renovada— sugiere algo distinto. Más que un giro abrupto, lo que se percibe es una recalibración. Un ajuste fino de posición en un entorno regional que ha cambiado.
Lo significativo no es un anuncio concreto, sino el tono. Insistencia en el diálogo, apelación al proceso político, cuidado en la formulación pública. En diplomacia, los matices no son detalles: son mensajes.
El conflicto no está resuelto: simplemente había sido relegado. Y lo relegado, en geopolítica, nunca desaparece; espera su turno.
Una variable del equilibrio regional
El Sáhara Occidental no es únicamente una cuestión pendiente de descolonización en términos jurídicos. Es también una pieza dentro de la arquitectura estratégica del Magreb y del Sahel. Energía, seguridad, estabilidad política y competencia de influencias forman parte de un mismo tablero.
En ese contexto, el statu quo no es necesariamente una solución, sino una pausa. Un conflicto jurídicamente abierto y políticamente congelado introduce un factor de incertidumbre estructural. Y la incertidumbre, en regiones sensibles, tiene costes.
Si Washington vuelve a prestar atención activa al expediente saharaui, no lo hace por razones simbólicas. Lo hace porque el equilibrio regional exige marcos políticamente sostenibles, no equilibrios precarios basados en la inercia.
Cualquier movimiento estadounidense, incluso discreto, reordena prioridades. Obliga a los actores regionales a recalcular posiciones y devuelve centralidad a un asunto que algunos consideraban amortizado.
El marco jurídico que permanece
Mientras se especula sobre reajustes estratégicos, hay un elemento que no ha variado: el Sáhara Occidental continúa inscrito en la lista de Territorios No Autónomos de Naciones Unidas. El principio de autodeterminación no ha sido sustituido ni jurídicamente derogado.
No existe resolución internacional que haya modificado el estatuto del territorio. No existe reconocimiento colectivo de soberanía marroquí. El marco jurídico internacional sigue operando como referencia y como límite.
Declarar cerrado un conflicto no lo cierra; solo posterga el momento en que vuelve a imponerse en la agenda.
Ese dato condiciona cualquier intento de reconfiguración. La diplomacia puede explorar fórmulas, pero no puede ignorar la arquitectura normativa vigente sin asumir costes políticos y jurídicos.
Reconfiguración sin desenlace inmediato
Conviene evitar interpretaciones maximalistas. No estamos ante un acuerdo inminente ni ante una transformación radical del escenario. Lo que se observa es una fase de tanteo: un proceso de reajuste silencioso en el que los actores miden cuidadosamente cada paso.
Lo que cambia no es el estatuto jurídico del territorio, sino su peso estratégico dentro de la ecuación regional. Cuando una potencia vuelve a considerar que el dossier importa, el conflicto deja de ser periférico.
Y cuando deja de ser periférico, se convierte de nuevo en variable activa del equilibrio magrebí.
Conclusión
El Sáhara Occidental no ha sido resuelto por la repetición de fórmulas políticas ni por la acumulación de hechos consumados. Tampoco ha salido del marco onusiano que define su naturaleza como territorio pendiente de descolonización.
Pero la reactivación estadounidense indica que el expediente ya no puede tratarse como un asunto residual. En un entorno regional marcado por la competencia estratégica y la búsqueda de estabilidad, ignorar conflictos abiertos no los neutraliza.
No hay desenlace inmediato. Pero tampoco hay congelación permanente.
En diplomacia, a veces lo decisivo no es el acuerdo visible, sino el momento en que una potencia vuelve a asumir que el conflicto forma parte de su ecuación estratégica.
Y ese momento parece haber llegado.
Victoria G. Corera – NO TE OLVIDES DEL SAHARA OCCIDENTAL
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