Un largo camino hacia la libertad – Por Naama Asfari (Activista saharaui y preso político)

Un largo camino hacia la libertad – Por Naama Asfari (Activista saharaui y preso político)

El artículo que sigue fue escrito por Naama Asfari, activista saharaui y preso político del grupo de Gdeim Izik, secuestrado el 7 de noviembre de 2010, en vísperas del brutal desmantelamiento del campamento de la dignidad. Desde la cárcel marroquí donde permanece recluido, Asfari reflexiona sobre la resistencia, la esperanza y el largo camino hacia la libertad del pueblo saharaui.

Publicamos su texto íntegro, sin modificaciones, como testimonio de conciencia y como acto de respeto hacia quienes, pese a la represión y el aislamiento, siguen defendiendo la justicia y el derecho a la autodeterminación. Su palabra, escrita desde la privación de libertad, ilumina con fuerza la dimensión humana, ética y política del conflicto del Sáhara Occidental.


Un largo camino hacia la libertad

Para nosotros, los saharauis, la resistencia significa oponernos firmemente a la ocupación y al régimen de apartheid que se nos impone. Nuestra historia —como la de toda sociedad humana— está marcada por conmociones sucesivas y por los desafíos que de ellas emergen. Pero nuestra inclinación natural hacia el optimismo nos impulsa siempre a construir una visión coherente y continua de la libertad y del progreso.

Esta lectura del devenir humano lo concibe como una marcha larga hacia un objetivo: la libertad. Una libertad que se conquista paso a paso. Es una visión que heredamos de grandes pensadores como Jean-Paul Sartre, para quienes la responsabilidad es el núcleo de la existencia humana. Sin embargo, esta esperanza choca dolorosamente con la crudeza del mundo contemporáneo, donde la historia parece evocar más bien la mirada trágica de Walter Benjamin, que veía en ella una sucesión incesante de catástrofes antes de suicidarse en 1940 huyendo del nazismo.

El camino hacia la libertad es arduo y prolongado. Exige decisiones sabias, constancia y una disciplina moral cercana a lo que proponía Séneca en La firmeza del sabio: aceptar la adversidad sin ceder a la desesperación. Desde lejos, el trayecto puede parecer inaccesible, como una montaña escarpada; pero cuando nos acercamos, la masa compacta se abre, los senderos se revelan, y la ascensión se hace posible.

La verdadera ética no huye del sufrimiento humano ni de lo incomprensible de la existencia; enfrenta la realidad tal cual es, dura y cruel. Frente a una ocupación militar apoyada por alianzas poderosas, el camino se vuelve más complejo. El resentimiento de los oprimidos —en cualquiera de sus formas— es natural y comprensible, pero también puede convertirse en un obstáculo para los frutos de la esperanza. No basta con indignarse: hay que transformar la indignación en un horizonte.

Aquí tomo las palabras de Stéphane Hessel y su llamado a la esperanza. Si la esperanza abre el camino hacia una paz justa y equitativa, entonces no se debe renunciar al derecho a la felicidad. La esperanza, cuando arde, ilumina.

He recurrido también al Artículo 15 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: “Toda persona tiene derecho a una nacionalidad”. Aunque esta declaración tenga un carácter más simbólico que jurídico, ha jugado un papel decisivo desde 1948: inspiró a los pueblos colonizados a reclamar su libertad, y sembró en el pueblo saharaui la convicción de que la igualdad y la autodeterminación no son un sueño, sino un derecho.

Los Estados miembros de las Naciones Unidas se comprometieron a defender los derechos universales y a reconocer su valor absoluto. Sin embargo, la ocupación marroquí del Sáhara Occidental desde 1975 viola de forma flagrante estos principios. Marruecos actúa con impunidad, como tantos otros Estados poderosos, pero ningún Estado —ni Marruecos ni Israel— está por encima del derecho internacional. Todos deben rendir cuentas ante la conciencia colectiva de la humanidad.

Aquí recuerdo también lo que escribió Sartre en 1947, en Situaciones II:

“La violencia es siempre un fracaso; pero es un fracaso inevitable porque vivimos en un mundo de violencia. Y si es cierto que oponer violencia a la violencia amenaza con perpetuarla, también es cierto que es la única vía para ponerle fin”.

Por este principio, Sartre apoyó los movimientos de liberación en Argelia y en Palestina. Y más tarde, en Esperanza ahora, declaró que la esperanza es una fuerza histórica esencial en todos los levantamientos que buscan emancipar al ser humano, y que él mismo seguía considerándola su mirada hacia el futuro.

Junto con mis compañeros detenidos, creo profundamente que la esperanza es el único camino posible, y que el futuro pasa por la reconciliación entre los pueblos. Solo así podemos superar la actual situación, tanto desde el punto de vista del opresor como del oprimido. Las negociaciones son esenciales para poner fin a la opresión y a la injusticia. Por ello, es necesario no dejar que el resentimiento se acumule hasta convertirse en un muro imposible de derribar.

El mensaje de los presos políticos saharauis, que se consumen en las cárceles marroquíes, es un llamado a la esperanza. Es una llamada que expresa nuestra confianza en que ambas partes —ocupante y ocupado— puedan superar los malentendidos con el apoyo de los actores internacionales, mediante la paciencia, la moderación y la búsqueda honesta de una paz justa.

Una paz basada en los derechos de todos los pueblos; una paz que permita al pueblo saharaui ejercer libremente su derecho a decidir su destino, y al pueblo marroquí encontrar la serenidad y la prosperidad que tantas generaciones han anhelado.

Con motivo de la 48ª edición de la EUCOCO,
París, 28–29 de noviembre de 2025


El testimonio de Naama Asfari no es solo la voz de un hombre encarcelado desde 2010 por su compromiso pacífico con la autodeterminación del pueblo saharaui. Es también un recordatorio de la dimensión humana del conflicto y del precio que pagan quienes se atreven a defender derechos reconocidos por la legalidad internacional.

Asfari fue detenido, torturado y condenado en un juicio denunciado por numerosas organizaciones —entre ellas Amnistía Internacional, Human Rights Watch, la ACAT francesa y el Grupo de Trabajo sobre la Detención Arbitraria de la ONU— que consideran su encarcelamiento arbitrario y su proceso plagado de irregularidades. Desde entonces, su resistencia moral y su palabra escrita se han convertido en símbolo de dignidad y perseverancia para el pueblo saharaui.

Publicar este artículo completo es, por tanto, un acto de reconocimiento y de justicia hacia quienes resisten desde las prisiones marroquíes, hacia las familias de Gdeim Izik y hacia un pueblo que sigue luchando pacíficamente por decidir su propio futuro.

La esperanza de la que habla Asfari —a pesar de las cadenas, a pesar del silencio impuesto— continúa siendo la fuerza que sostiene la causa saharaui y que interpela a la comunidad internacional: la libertad y la justicia no pueden aplazarse indefinidamente.

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