Una Copa de África salpicada de incidentes: ¿fue buena idea incorporar a Marruecos al Mundial 2030?

Una Copa de África salpicada de incidentes: ¿fue buena idea incorporar a Marruecos al Mundial 2030?

Artículo comentado a partir del análisis de Ignacio Cembrero en El Confidencial

El artículo publicado por Ignacio Cembrero en El Confidencial plantea una pregunta que va mucho más allá del fútbol: ¿respondió a criterios deportivos la decisión de asociar a Marruecos a la candidatura conjunta de España y Portugal para el Mundial 2030, o fue una apuesta política con riesgos evidentes? La respuesta del periodista se construye a partir de hechos concretos, documentados y recientes: el desarrollo de la última Copa de África de Naciones (CAN) en Rabat, convertida en una prueba de estrés institucional que Marruecos no superó.

La final de la CAN entre Marruecos y Senegal no fue solo un partido polémico; fue, como subraya Cembrero, una exhibición de falta de control del país anfitrión. La Confederación Africana de Fútbol sancionó a ambas federaciones, pero el autor insiste en una distinción clave: no es equiparable la responsabilidad del invitado con la del anfitrión. Quien organiza tiene el deber de garantizar juego limpio, neutralidad arbitral y respeto a las reglas. En Rabat ocurrió lo contrario.

Las sanciones hablan por sí solas. La Federación Real Marroquí de Fútbol fue multada con 200.000 dólares por la conducta “inapropiada” de los recogepelotas, utilizados para entorpecer el juego y perjudicar a la selección senegalesa, y con otros 100.000 por la invasión del área del VAR por parte de jugadores y miembros del cuerpo técnico marroquíes. A ello se añadió un recurso para anular el resultado final —1-0 a favor de Senegal— que la CAF rechazó de plano. No se trata de interpretaciones, sino de decisiones oficiales que cuestionan la capacidad de Marruecos para gestionar competiciones de alto nivel.

El análisis de Cembrero va más allá del terreno de juego y apunta a un problema estructural: la confusión entre Estado y deporte. En Marruecos, la federación de fútbol actúa como un apéndice del poder político. Su presidente, Fouzi Lekjaa, es simultáneamente ministro delegado del Presupuesto y primer vicepresidente de la CAF. Que una federación presidida por un alto cargo del Gobierno recurra el resultado de una final continental mientras su máximo responsable ocupa posiciones de poder en el organismo que debe juzgarla es, como mínimo, incompatible con los estándares de independencia y gobernanza que exige un Mundial.

También los gestos simbólicos pesaron. El príncipe Moulay Rachid, presidente de la final, evitó entregar el trofeo al capitán senegalés, Kalidou Koulibaly, rompiendo protocolos elementales. Al mismo tiempo, Mohammed VI estuvo ausente durante toda la competición y regresó a Rabat el mismo día de la final tras semanas de vacaciones en el extranjero. En eventos globales, la imagen institucional y el respeto a las formas no son detalles menores: forman parte del mensaje que se transmite al mundo.

El artículo dedica un espacio significativo al orden público durante la CAN. Hubo detenciones arbitrarias y condenas desproporcionadas de aficionados, incluidos extranjeros, por conductas menores como orinar en un estadio o romper un billete en protesta por el arbitraje. Cembrero lanza una advertencia explícita a los seguidores que puedan viajar a Marruecos en el futuro: la severidad policial contrasta con la indulgencia hacia los abusos de las autoridades deportivas y revela un patrón preocupante.

A este cuadro se suma otro factor de deterioro reputacional: el trato a los animales. El periodista recuerda las denuncias de ONG y la investigación publicada por The Athletic sobre el exterminio masivo de perros callejeros, impulsado por una política de “limpieza” de imagen de cara al turismo y a los grandes eventos. No es un asunto colateral: refuerza la idea de que la prioridad es el escaparate, incluso a costa de prácticas incompatibles con estándares internacionales.

El trasfondo español ocupa un lugar central en el análisis. Según Cembrero, la incorporación de Marruecos a la candidatura mundialista en marzo de 2023 respondió a una estrategia diplomática del Gobierno de Pedro Sánchez, concebida como una “póliza de seguros” para evitar crisis con Rabat como la vivida en Ceuta en 2021. El autor recuerda episodios reveladores: anuncios adelantados por la Casa Real marroquí, silencios del Ejecutivo español y una relación marcada por la obsequiosidad política, no por criterios deportivos.

La pregunta final queda abierta y es, en realidad, la más importante: ¿se alineará la FIFA con esa complacencia política y otorgará a Casablanca la final del Mundial 2030? Las inversiones colosales —como el estadio de 115.000 plazas a las afueras de Casablanca— no responden a la cuestión de fondo. Un Mundial no es solo infraestructura; es gobernanza, derechos, neutralidad y capacidad de autocrítica. Y, como subraya Cembrero, tras la CAN no hay el menor indicio de que las autoridades marroquíes hayan aprendido de sus errores.

Comentario editorial
Este artículo no cuestiona a Marruecos desde el prejuicio, sino desde los hechos. La CAN mostró que el problema no es puntual, sino sistémico. Incorporar a Marruecos al Mundial 2030 puede haber servido a intereses diplomáticos a corto plazo, pero plantea riesgos evidentes para un evento que se presenta como símbolo de juego limpio y valores universales. A la luz de lo ocurrido en Rabat, la duda no es retórica: ¿estaba —y está— Marruecos preparado para asumir esa responsabilidad?

Origen: Una Copa de África salpicada de incidentes: ¿Fue buena idea incorporar a Marruecos al Mundial?


Descubre más desde No te olvides del Sahara Occidental

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.