
El saharaui Mohamed Elbaikam utiliza el reconocimiento de Trump de 2020 para plantear una cuestión más amplia: qué ocurre cuando los derechos de un pueblo se convierten en moneda de cambio de acuerdos geopolíticos.
Las elecciones estadounidenses se deciden dentro de Estados Unidos, pero sus consecuencias rara vez terminan en sus fronteras. Esa es la idea desde la que Mohamed Elbaikam, portavoz de asociaciones de los sectores de la pesca y la agricultura en el Sáhara Occidental, construye una reflexión que acaba llevando inevitablemente hasta el pueblo saharaui. Quienes votan en Estados Unidos eligen a sus representantes, pero también entregan poder a personas capaces de adoptar decisiones que pueden alterar la vida de pueblos situados a miles de kilómetros de Washington.
Elbaikam no convierte esa realidad en una acusación indiscriminada contra los ciudadanos estadounidenses. Su argumento es más interesante. En una democracia, sostiene, votar concede poder y también implica exigir responsabilidades a quienes lo ejercen. La política exterior no es un tablero abstracto: detrás de las guerras, las armas, las sanciones y los gobiernos apoyados por razones estratégicas existen sociedades concretas que pagan las consecuencias de aquellas decisiones.
El Sáhara Occidental aparece en su texto como un ejemplo especialmente revelador. Elbaikam recuerda su condición de territorio no autónomo para Naciones Unidas, el dictamen de la Corte Internacional de Justicia de 1975 y el referéndum de autodeterminación que la ONU debía organizar desde 1991 y que nunca llegó a celebrarse. Sobre ese escenario se produjo en diciembre de 2020 la decisión de Donald Trump de reconocer la pretendida soberanía marroquí sobre el territorio dentro del acuerdo que acompañó al restablecimiento de las relaciones entre Marruecos e Israel.
Ahí aparece la cuestión central que plantea Elbaikam. Cuando el derecho de un pueblo o un principio del derecho internacional pueden negociarse como parte de una operación geopolítica, ya no basta con preguntarse quién ganó y quién perdió aquella negociación. Hay que preguntarse también qué ocurre con quienes ni siquiera estaban sentados alrededor de la mesa.
Su formulación es especialmente clara: «Los saharauis han pagado el precio de decisiones en las que no tenían ninguna voz». Un pueblo dividido entre el territorio y los campamentos de refugiados vio cómo su futuro se convertía en parte de una negociación cuyo objetivo principal no era resolver la cuestión saharaui.
La reflexión va más allá de Trump. Elbaikam cuestiona la credibilidad de una política exterior que reclama a sus adversarios el respeto del derecho internacional mientras acepta interpretaciones diferentes cuando entran en juego aliados e intereses estratégicos. Para él, esa doble vara de medir no representa únicamente un problema moral: erosiona también la credibilidad internacional de Estados Unidos, uno de los instrumentos sobre los que históricamente ha construido buena parte de su influencia.
Y hay un matiz importante. Elbaikam no propone una retirada estadounidense del mundo ni sostiene que una América más débil produciría necesariamente un orden internacional más justo. Reclama algo diferente: que una gran potencia sea capaz de limitar el uso de su propio poder cuando ese poder contradice los principios que dice defender. Los derechos humanos y el derecho internacional, argumenta, no deberían entenderse como una concesión al resto del mundo, sino también como parte del interés estadounidense a largo plazo.
Tampoco pide que un elector de Michigan, California o Texas decida su voto pensando específicamente en el Sáhara Occidental. La pregunta que plantea es anterior y más universal: qué hará un representante estadounidense con el enorme poder que ejercerá también sobre personas que jamás podrán votarle ni pedirle cuentas directamente.
En el caso saharaui sabemos ya una parte de la respuesta. En 2020, Washington tomó una decisión trascendental sobre el futuro de un territorio pendiente de descolonización sin que el pueblo afectado participara en aquella negociación.
El mundo no vota en las elecciones estadounidenses, escribe Elbaikam. Pero muchas veces vive con sus consecuencias.