Nadie elige vivir en un campo de personas refugiadas

Una mujer saharaui contempla el campamento de personas refugiadas. La vida continúa, pero el exilio nunca debió convertirse en permanente.

Hay frases que con los años no pierden sentido. Algunas, desgraciadamente, lo ganan. Hace tiempo acompañé varias fotografías de los campamentos saharauis con una muy sencilla: «Yo tampoco quiero que mi familia saharaui viva en un campamento de personas refugiadas». No era una consigna especialmente elaborada. Era, y sigue siendo, algo mucho más elemental.

Nadie elige ser refugiado. Nadie decide abandonar su tierra para instalarse durante medio siglo en una de las regiones más inhóspitas del desierto argelino. Los campamentos saharauis nacieron después de 1975 para acoger a una población que huía de la guerra y de la ocupación del Sáhara Occidental. Aquellas primeras jaimas eran una solución de emergencia. Después llegaron las escuelas, los dispensarios, las casas de adobe, los pequeños comercios, las administraciones, los autobuses. Llegó, inevitablemente, la vida.

Y eso puede confundir a quien mira desde fuera. Porque los saharauis han sido capaces de construir una sociedad organizada allí donde apenas había nada, pero convertir un refugio en un lugar donde se puede vivir no significa convertirlo en el lugar donde se quiere vivir. Una escuela levantada en la hamada es una conquista; también es el recordatorio de que varias generaciones de niños saharauis han tenido que estudiar lejos de la tierra de sus padres y de sus abuelos.

Cartel de construcción de la Escuela Secundaria Básica «Simón Bolívar», proyecto de cooperación Cuba-Venezuela-RASD en los campamentos saharauis.

Hoy, las organizaciones internacionales sitúan en torno a 173.000 las personas que necesitan asistencia humanitaria en los cinco campamentos cercanos a Tinduf. Medio siglo después, la mayoría continúa dependiendo de ayuda exterior para cubrir necesidades tan básicas como la alimentación, el agua o la atención sanitaria. No porque el pueblo saharaui haya elegido vivir de la ayuda, sino porque un exilio concebido como provisional se ha prolongado hasta convertirse en una de las situaciones de refugio más largas del mundo.

Lo hemos repetido muchas veces en NO TE OLVIDES DEL SÁHARA OCCIDENTAL: la capacidad de resistir no convierte en normal aquello que nunca debió normalizarse. Hay bodas, escuelas, hospitales, música, fútbol, conversaciones junto al té y niños jugando porque la vida no se suspende mientras llega la justicia. Pero nada de eso puede utilizarse para olvidar por qué existen esos campamentos.

«Yo tampoco quiero que mi hija saharaui viva en un campo de personas refugiadas». Una frase que resume medio siglo de exilio.

Las fotografías ayudan a recordarlo. Una mujer contempla el campamento. Un cartel anuncia la construcción de una escuela. Otra mujer posa ante una jaima bajo un cielo intensamente azul. Son imágenes de vida, no fotografías de una solución.

Porque el problema de los refugiados saharauis no nació en Tinduf. Nació en el Sáhara Occidental y allí sigue pendiente su solución. Mientras continúe inconcluso el proceso de descolonización y el pueblo saharaui no pueda ejercer libremente su derecho a decidir su futuro, la ayuda humanitaria seguirá siendo necesaria. Pero nunca debería confundirse la obligación de ayudar a quienes viven en los campamentos con la aceptación de que deban vivir allí para siempre.

Por eso aquella frase continúa teniendo sentido tantos años después.

Yo tampoco quiero que mi familia saharaui viva en un campamento de personas refugiadas.

Y sospecho que ellos tampoco.