Las declaraciones del dirigente sudafricano Julius Malema vuelven a poner de manifiesto una diferencia cada vez más evidente: mientras buena parte de África sigue considerando el Sáhara Occidental una cuestión pendiente de descolonización, en Europa el conflicto ha desaparecido de gran parte del debate político.
Por Victoria G. Corera
«Es una vergüenza celebrar el Día de África mientras el Sáhara Occidental siga ocupado».
La frase fue pronunciada hace apenas unos días por el dirigente sudafricano Julius Malema durante un acto conmemorativo del Día de África celebrado en Johannesburgo. La noticia, recogida por EL OBSERVADOR SAHARAUI, podría parecer una declaración más dentro del tradicional apoyo sudafricano a la causa saharaui. Sin embargo, merece una reflexión más amplia.
Porque lo verdaderamente interesante no es que un dirigente africano haya vuelto a defender el derecho de autodeterminación del pueblo saharaui. Lo llamativo es que ese discurso sigue siendo relativamente habitual en África mientras se ha vuelto cada vez más infrecuente en Europa.
Para una parte importante de la opinión pública africana, el Sáhara Occidental continúa siendo una cuestión de descolonización pendiente. No se trata únicamente de una disputa diplomática o territorial. Se percibe como la última gran cuestión colonial sin resolver del continente. De hecho, la República Saharaui forma parte de la Unión Africana y participa en sus estructuras políticas desde hace décadas.
Esa percepción tiene raíces históricas profundas. Muchos de los movimientos políticos africanos que protagonizaron las luchas de liberación nacional durante el siglo XX establecieron paralelismos entre sus propias experiencias y la situación del pueblo saharaui. Por eso, cuando dirigentes como Julius Malema hablan del Sáhara Occidental, suelen hacerlo utilizando un lenguaje que remite directamente a la lucha contra el colonialismo, el apartheid o la ocupación extranjera.
Buena parte de ese apoyo africano tampoco puede explicarse únicamente por la posición de Argelia. Argel ha desempeñado durante décadas un papel fundamental en el respaldo político, diplomático y humanitario al pueblo saharaui. Sin embargo, reducir la cuestión saharaui a una disputa entre Marruecos y Argelia impide comprender por qué numerosos países, partidos políticos y movimientos africanos continúan considerando el Sáhara Occidental una cuestión pendiente de descolonización.
Europa, en cambio, parece haber recorrido el camino contrario.
Hace años era relativamente habitual encontrar debates políticos, resoluciones parlamentarias o referencias frecuentes al conflicto saharaui en medios de comunicación europeos. Hoy la situación es distinta. El conflicto apenas ocupa espacio en la agenda pública salvo cuando se producen crisis diplomáticas, episodios migratorios o decisiones judiciales relacionadas con los recursos naturales del territorio.
Esta diferencia de percepción resulta especialmente llamativa en el caso español. Mientras en África el Sáhara Occidental continúa siendo presentado como una cuestión pendiente de descolonización, en España el conflicto ha ido desapareciendo progresivamente del debate político cotidiano.
La paradoja es evidente. España fue la potencia colonial que administró el territorio hasta 1975 y numerosos especialistas en derecho internacional siguen considerando que conserva responsabilidades jurídicas derivadas de un proceso de descolonización que nunca llegó a completarse. Sin embargo, la cuestión saharaui ocupa hoy mucho menos espacio en la agenda política española que en numerosos países africanos situados a miles de kilómetros del territorio.
Las razones son conocidas. La inmigración, la cooperación policial, la lucha antiterrorista, los intereses económicos o la estabilidad regional ocupan hoy un lugar central en las relaciones entre Europa y Marruecos. En ese contexto, el Sáhara Occidental suele aparecer como un asunto incómodo que muchos gobiernos prefieren gestionar discretamente antes que debatir públicamente.
Sin embargo, las declaraciones de Malema recuerdan que la cuestión saharaui sigue teniendo una dimensión africana que a menudo pasa desapercibida en Europa. Mientras en Bruselas, Madrid o París el conflicto parece haberse convertido en un asunto secundario, numerosos actores políticos africanos continúan viéndolo como un problema de principios vinculado a la descolonización, la autodeterminación y la integridad del derecho internacional.
Quizá por eso resulta significativo que, cincuenta años después del inicio de la ocupación marroquí, el Sáhara Occidental siga apareciendo con naturalidad en los discursos políticos africanos. No porque el conflicto haya cambiado, sino porque en buena parte del continente continúa percibiéndose como lo que siempre fue: una cuestión pendiente de resolver.
La reflexión no debería pasar desapercibida. Porque cuando una causa desaparece del debate público no significa necesariamente que haya sido resuelta. A veces simplemente significa que otros han decidido dejar de hablar de ella.
Y, al menos en África, eso todavía no ha ocurrido con el Sáhara Occidental.