Medio siglo después, Europa sigue sin resolver su contradicción con el Sáhara Occidental

Derechos humanos, memoria colonial, diplomacia y realpolitik vuelven a cruzarse alrededor de un conflicto que muchos intentan presentar como “superado”, pero que continúa reapareciendo constantemente en la agenda internacional.

Por Victoria G. Corera – PLATAFORMA «NO TE OLVIDES DEL SÁHARA OCCIDENTAL»

Han pasado casi cincuenta años desde el inicio del exilio saharaui y desde que España abandonó el Sáhara Occidental dejando atrás un proceso de descolonización inconcluso. Medio siglo después, el conflicto continúa ahí. No congelado. No resuelto. No desaparecido. Simplemente desplazado periódicamente hacia los márgenes de la política internacional… hasta que vuelve a reaparecer.

Y eso es precisamente lo que está ocurriendo otra vez.

Durante las últimas semanas, el Sáhara Occidental ha vuelto a irrumpir en espacios europeos muy distintos entre sí. Ha aparecido en Cannes a través de la nueva película de Rodrigo Sorogoyen y Javier Bardem. Ha regresado a debates sobre medios internacionales y diplomacia tras las polémicas alrededor de TV5MONDE y la posición francesa respecto al conflicto. Ha reaparecido en universidades, actos de solidaridad, parlamentos europeos y discusiones sobre derechos humanos y memoria colonial.

Todo ello revela una realidad incómoda: Europa nunca ha conseguido resolver políticamente su relación con el Sáhara Occidental.

Porque el conflicto saharaui toca demasiadas contradicciones al mismo tiempo.

Habla de colonialismo pendiente dentro de un continente que reivindica constantemente la defensa del derecho internacional. Habla de autodeterminación mientras Europa sostiene relaciones estratégicas cada vez más sensibles con Marruecos en ámbitos como migración, seguridad, energía o estabilidad regional. Habla de derechos humanos mientras continúan denunciándose presos políticos, restricciones a activistas y limitaciones a la libertad de expresión en los territorios ocupados.

Y habla también de memoria histórica.

España, en particular, sigue manteniendo una relación profundamente ambigua con el Sáhara Occidental. El tema reaparece periódicamente en el debate público español —en universidades, festivales culturales, movimientos solidarios o discusiones parlamentarias— porque sigue existiendo una memoria colectiva no resuelta alrededor del abandono del territorio y de la responsabilidad histórica española.

La reciente presencia simbólica del Sáhara Occidental en Cannes ha vuelto a mostrar precisamente eso: el conflicto continúa teniendo capacidad de interpelar cultural y políticamente a parte de la sociedad europea incluso cuando determinadas cancillerías intentan reducirlo a un asunto diplomáticamente incómodo del pasado.

Mientras tanto, sobre el terreno, la realidad sigue lejos de cualquier idea de “normalización”. Los campamentos saharauis continúan dependiendo en gran medida de ayuda internacional tras décadas de exilio. Las tensiones militares reaparecieron tras la ruptura del alto el fuego en 2020. Naciones Unidas mantiene desplegada la MINURSO sin haber conseguido organizar el referéndum prometido desde hace más de treinta años. Y organizaciones saharauis siguen denunciando vigilancia, restricciones y hostigamiento contra activistas en los territorios ocupados.

La paradoja es evidente: cuanto más se intenta presentar el Sáhara Occidental como un conflicto amortizado, más reaparece en espacios vinculados a derechos humanos, cultura, geopolítica y memoria.

Quizá porque el problema nunca desapareció realmente.

Lo que ha existido durante años es un intento constante de administrar políticamente su invisibilidad.

Pero incluso esa invisibilidad empieza a mostrar límites.

Las nuevas dinámicas geopolíticas en el Sahel y el norte de África, las tensiones migratorias, el debate sobre recursos naturales, la influencia diplomática marroquí en Europa y el regreso de ciertos debates coloniales están devolviendo lentamente la cuestión saharaui a escenarios internacionales donde vuelve a generar preguntas incómodas.

Y probablemente ahí resida hoy una de las mayores contradicciones europeas: defender públicamente determinados principios universales mientras el último gran proceso de descolonización pendiente en África continúa sin resolverse.

Porque medio siglo después, el Sáhara Occidental sigue recordándole a Europa algo que muchos preferirían no mirar demasiado de cerca.

Que el conflicto nunca terminó realmente.