
Las imágenes de celebración en El Aaiún ocupado no expresan simpatía por Francia. Expresan algo mucho más profundo: el rechazo de un pueblo a un Estado que utiliza el deporte como herramienta de ocupación, propaganda y apropiación identitaria.
Las imágenes difundidas desde El Aaiún ocupado tras la derrota de Marruecos frente a Francia en el Mundial muestran a jóvenes saharauis celebrando en las calles un resultado deportivo que, visto desde fuera, podría resultar difícil de entender. Poco después llegaron también las denuncias de intervenciones policiales y de la represión de esas celebraciones por parte de las fuerzas de ocupación marroquíes.
La explicación, sin embargo, no está en el fútbol. Está en la ocupación.
Los saharauis no salieron a celebrar una victoria francesa. Francia mantiene hoy una de las posiciones internacionales más favorables a Marruecos respecto al Sáhara Occidental y ha reforzado en los últimos meses su acercamiento político a Rabat. Lo que celebraban aquellos jóvenes era la derrota simbólica del Estado que ocupa su tierra desde hace casi cincuenta años y que convierte cada gran acontecimiento deportivo en una operación de propaganda nacional.
Porque en Marruecos el fútbol hace tiempo que dejó de ser solo fútbol.
Como explica el periodista Iñaki Ellakuría en su artículo La operación europea de Marruecos, el éxito deportivo forma parte de una estrategia mucho más amplia. La selección marroquí se presenta como el símbolo de un país moderno, europeo, exitoso y unido. La presencia de numerosos jugadores nacidos o formados en Europa no aparece como una casualidad deportiva, sino como la imagen de un Marruecos capaz de proyectarse hacia ambos lados del Mediterráneo y de convertir esa doble identidad en una fortaleza política.
Ese relato tiene también una dimensión geopolítica. Marruecos aspira a consolidarse como potencia regional, como socio privilegiado de Europa y como organizador del Mundial de 2030. El deporte se convierte así en una herramienta de influencia internacional, de construcción de imagen y de legitimación política.
Pero ese mismo relato tiene un enorme punto ciego: el Sáhara Occidental.
Mientras el régimen alauí proyecta al exterior la imagen de un país cohesionado, moderno y abierto, en los territorios ocupados continúa reprimiendo cualquier expresión pública de identidad saharaui. Banderas, manifestaciones, actos culturales o simples celebraciones espontáneas siguen siendo percibidos como una amenaza.
Las imágenes de estos días vuelven a demostrarlo.
Celebrar la derrota de Marruecos no constituye ningún delito. Sin embargo, en El Aaiún ocupado puede convertirse en una forma de expresar algo que durante décadas se ha intentado silenciar: que una parte importante de la población no se reconoce en la identidad nacional que Rabat pretende imponer.
Y precisamente ahí aparece otra dimensión del problema.
Durante los últimos años Marruecos ha intentado incorporar también elementos de la identidad saharaui a su propio relato nacional. Vestimentas tradicionales, gastronomía, patrimonio cultural, festivales, música e incluso símbolos del territorio ocupado son presentados como parte natural del patrimonio marroquí. Esa apropiación alcanza igualmente al deporte y a los grandes acontecimientos internacionales, donde el Sáhara Occidental aparece sistemáticamente integrado en la imagen oficial del Reino.
Por eso las celebraciones saharauis tienen un valor político que va mucho más allá del marcador.
Rompen la imagen de unanimidad que Marruecos intenta proyectar. Recuerdan que bajo la aparente normalidad sigue existiendo un territorio pendiente de descolonización y un pueblo que continúa reivindicando su derecho a decidir su futuro.
La paradoja resulta especialmente reveladora. Marruecos quiere convertir el Mundial de 2030 en la gran consagración internacional de su modelo político y de su liderazgo regional. Pero basta una derrota deportiva para que vuelvan a aparecer las banderas saharauis, las celebraciones reprimidas y la realidad que el régimen intenta ocultar.
Porque la ocupación también necesita construir relatos.
Y quizá por eso las autoridades marroquíes reaccionan con tanta rapidez cuando unos jóvenes saharauis celebran un resultado futbolístico. No están reprimiendo una preferencia deportiva. Están intentando impedir que, durante unos minutos, el mundo vuelva a recordar que el Sáhara Occidental sigue existiendo como un pueblo distinto, con identidad propia y con una aspiración política que ningún Mundial puede borrar.
🇪🇭🇲🇦 #Urgente | El pueblo saharaui salió a celebrar la derrota de Marruecos frente a Francia en El Aaiún, en el Sáhara Occidental, y terminó siendo duramente reprimido por las fuerzas marroquíes. pic.twitter.com/ErF6kIVUIi
— ʜᴇʀQʟᴇs (@herqles_es) July 10, 2026