Mientras el lenguaje internacional gira hacia la estabilidad, la seguridad y la geopolítica regional, el conflicto saharaui vuelve a reaparecer como un problema incómodo para varias capitales occidentales
Por Victoria G. Corera
Durante años, muchos gobiernos intentaron presentar el conflicto del Sáhara Occidental como una cuestión congelada, atrapada en una rutina diplomática sin grandes consecuencias internacionales. Pero algo parece estar cambiando en este 2026. Y quizá lo más llamativo no sea únicamente el aumento reciente de la tensión alrededor del conflicto, sino el modo en que determinadas potencias vuelven a hablar —o dejan de hablar— del Sáhara Occidental.
Las últimas semanas han estado marcadas por una acumulación de señales difíciles de ignorar. Lo ocurrido en Smara, el endurecimiento del discurso estadounidense, las nuevas referencias a seguridad regional y estabilidad atlántica, la presión diplomática creciente sobre el Frente Polisario o las reacciones oficiales tras distintos incidentes militares muestran que el conflicto vuelve a entrar progresivamente en una lógica mucho más estratégica y geopolítica.
Y eso tiene consecuencias.
Porque cuando una cuestión de descolonización empieza a interpretarse principalmente desde parámetros de seguridad, control regional o estabilidad, también cambia la manera en que los actores internacionales se posicionan frente a ella. El lenguaje de la autodeterminación empieza a desaparecer lentamente del centro del debate y es sustituido por conceptos mucho más funcionales para las grandes potencias: cooperación militar, lucha contra el terrorismo, estabilidad energética, control migratorio o alianzas estratégicas.
El problema es que el Sáhara Occidental nunca ha encajado del todo en esa simplificación.
Por eso, cuanto más se intenta reducir el conflicto a una cuestión de equilibrio regional, más reaparecen elementos imposibles de borrar completamente: presos políticos saharauis, civiles muertos, denuncias sobre drones, desapariciones en cárceles marroquíes, exilio prolongado, campamentos de refugiados o debates sobre la responsabilidad histórica española.
La reciente carta enviada por Brahim Ghali al secretario general de Naciones Unidas refleja precisamente esa tensión. Más allá del tono utilizado o de las acusaciones concretas contra determinados gobiernos occidentales, el mensaje parece responder a una percepción cada vez más extendida entre los saharauis: que se está intentando consolidar internacionalmente un nuevo marco político donde la cuestión de la autodeterminación vaya quedando progresivamente desplazada por prioridades estratégicas más amplias.
En paralelo, Marruecos continúa reforzando su posición diplomática internacional apoyándose precisamente en ese nuevo contexto regional. El Sahel, la seguridad atlántica, las relaciones militares con Estados Unidos, la cooperación migratoria con Europa o el papel estratégico del norte de África ofrecen a Rabat un escenario internacional mucho más favorable que el de décadas anteriores.
Pero incluso así, el conflicto saharaui sigue resistiéndose a desaparecer.
La presencia diplomática de la República Árabe Saharaui Democrática en distintos espacios africanos, la actividad de organizaciones saharauis de derechos humanos, el peso simbólico que continúa teniendo el Frente Polisario entre buena parte de la población saharaui o las movilizaciones solidarias que siguen existiendo en España muestran que la cuestión saharaui continúa teniendo una dimensión política, humana y moral que va mucho más allá de la pura geopolítica regional.
Y probablemente ahí reside una de las mayores incomodidades para muchas capitales.
Porque el Sáhara Occidental sigue recordando algo que varios gobiernos preferirían presentar como un asunto ya resuelto: que continúa existiendo un proceso de descolonización pendiente, una población refugiada desde hace décadas y un conflicto cuya dimensión humana reaparece constantemente incluso cuando se intenta reducir todo a estabilidad y alianzas estratégicas.
Más de cincuenta años después, esa sigue siendo una realidad difícil de neutralizar completamente.
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