¿Los Acuerdos de Abraham quieren gobernar el mundo o es solo Trump? – TEMA DEL DÍA del Sáhara Occidental

La nueva presión estadounidense sobre Oriente Medio vuelve a colocar al Sáhara Occidental dentro de un tablero geopolítico donde Marruecos, Israel y Washington han conectado seguridad, diplomacia y reconocimiento territorial

Por Victoria G. Corera

Cada vez resulta más difícil entender el conflicto del Sáhara Occidental únicamente como un problema de descolonización pendiente entre Marruecos y el pueblo saharaui. Lo que durante décadas apareció ante buena parte del mundo como una cuestión ligada a Naciones Unidas, al derecho internacional y al referéndum de autodeterminación prometido en 1991, forma hoy parte de una arquitectura geopolítica mucho más amplia donde Washington, Israel y las nuevas alianzas regionales desempeñan un papel central.

La cuestión vuelve a hacerse visible después de que Donald Trump haya vuelto a situar los llamados Acuerdos de Abraham en el centro de su estrategia para Oriente Medio, planteando incluso que el reconocimiento y normalización con Israel se conviertan en condición para cerrar conflictos regionales y reforzar el nuevo equilibrio impulsado por Estados Unidos en el mundo árabe.

La idea no es nueva.

Los Acuerdos de Abraham fueron impulsados en 2020 por la administración Trump como un marco de normalización diplomática entre Israel y varios países árabes, especialmente Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Marruecos y Sudán. Presentados oficialmente como un instrumento para favorecer la paz y la cooperación regional, en realidad funcionaron también como una red de intercambios estratégicos donde cada actor obtenía beneficios concretos a cambio de su integración en el nuevo esquema regional patrocinado por Washington.

En el caso de Marruecos, el precio político resultó evidente desde el primer momento. A cambio de restablecer relaciones oficiales con Israel, la administración Trump reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental en diciembre de 2020, rompiendo abruptamente décadas de posición oficial estadounidense basada, al menos formalmente, en el marco de Naciones Unidas. Aquella decisión alteró profundamente el equilibrio diplomático internacional alrededor del conflicto saharaui y abrió una nueva etapa donde la cuestión del Sáhara Occidental empezó a integrarse directamente dentro de la lógica estratégica de seguridad regional impulsada por Washington e Israel.

Desde entonces, Marruecos ha intensificado de manera notable su cooperación militar, tecnológica y de inteligencia con Israel. Drones, sistemas de vigilancia, acuerdos militares y cooperación en materia de ciberseguridad forman ya parte habitual de una relación que ha evolucionado mucho más rápido de lo que inicialmente se reconocía públicamente.

Y el Sáhara Occidental aparece constantemente dentro de ese proceso. Las acusaciones sobre el uso de drones en zonas próximas al muro militar marroquí, la creciente militarización tecnológica del conflicto y la consolidación de Marruecos como aliado estratégico occidental en el norte de África muestran hasta qué punto el territorio saharaui se ha convertido también en una pieza de un tablero regional mucho más amplio.

La nueva presión de Trump para ampliar y reforzar los Acuerdos de Abraham vuelve precisamente a plantear una cuestión incómoda: ¿hasta qué punto la política internacional contemporánea sigue funcionando realmente alrededor del derecho internacional y hasta qué punto empieza a organizarse mediante alianzas geopolíticas donde los conflictos territoriales terminan subordinados a intereses estratégicos mayores?

El Sáhara Occidental constituye probablemente uno de los ejemplos más claros de esa transformación. Durante décadas, Naciones Unidas mantuvo oficialmente el principio de autodeterminación saharaui como eje del proceso político. Sin embargo, en los últimos años, el peso creciente de la seguridad regional, las alianzas militares, la rivalidad con Argelia, la influencia israelí y los intereses energéticos y estratégicos del Atlántico han ido desplazando progresivamente el debate hacia otro terreno completamente distinto.

La cuestión ya no parece centrarse únicamente en qué establece la legalidad internacional, sino en qué modelo regional desean consolidar Estados Unidos, Israel y sus aliados en el norte de África y Oriente Medio.

Y ahí Marruecos ocupa una posición especialmente importante. Para Washington, Rabat representa estabilidad regional, control migratorio, cooperación militar y acceso estratégico al Atlántico africano. Para Israel, Marruecos constituye además una plataforma diplomática, económica y de inteligencia extremadamente valiosa en el Magreb y en África occidental. Para Francia y buena parte de Europa, Marruecos sigue funcionando también como socio prioritario en materia de seguridad y contención regional.

En ese contexto, el riesgo para el Sáhara Occidental resulta evidente. Cuanto más se integra el conflicto saharaui dentro de la lógica de seguridad regional impulsada por los Acuerdos de Abraham, más espacio pierde el propio principio de autodeterminación dentro de las prioridades internacionales reales. El territorio deja de verse únicamente como un problema de descolonización pendiente y pasa a convertirse en una variable subordinada a alianzas geopolíticas mucho más amplias.

Por eso la pregunta empieza a ser legítima.

  • ¿Gobiernan hoy los Acuerdos de Abraham buena parte de las dinámicas internacionales del norte de África y Oriente Medio?
  • ¿O simplemente estamos asistiendo a la visión geopolítica particular de Donald Trump proyectada sobre la región?

Probablemente ambas cosas estén ya más conectadas de lo que muchos gobiernos quieren reconocer públicamente.

Y mientras tanto, el pueblo saharaui continúa esperando exactamente lo mismo que esperaba antes de que existieran los Acuerdos de Abraham, antes de Trump y antes de esta nueva arquitectura regional:
el derecho a decidir libremente su propio futuro.