La muerte en combate de Lahbib Mohamed Abdelaziz vuelve a recordar una realidad incómoda: el conflicto saharaui sigue abierto y continúa costando vidas mientras gran parte de la comunidad internacional mira hacia otro lado
La muerte en combate de Lahbib Mohamed Abdelaziz, miembro de la Secretaría Nacional del Frente Polisario y jefe de la Primera Brigada de Reserva del Ejército de Liberación Popular Saharaui, ha devuelto a la actualidad una realidad que demasiadas veces desaparece de los análisis internacionales: la guerra del Sáhara Occidental existe.
No se trata de una metáfora política ni de una fórmula propagandística. Desde noviembre de 2020, cuando Marruecos rompió el alto el fuego en la zona de Guerguerat, el Frente Polisario declaró terminado el acuerdo firmado bajo los auspicios de Naciones Unidas en 1991 y anunció la reanudación de las operaciones militares. Desde entonces, el conflicto armado forma parte de la realidad cotidiana saharaui, aunque apenas ocupe espacio en los grandes medios de comunicación internacionales.
Durante los últimos meses, el Ejército de Liberación Popular Saharaui ha informado de operaciones militares en sectores como Mahbes, Guelta, Hauza, Tichla o Smara. Son acciones que Marruecos rara vez comenta públicamente y que se desarrollan lejos de las cámaras y de la atención mediática. Sin embargo, para los saharauis no constituyen episodios aislados, sino la consecuencia directa del bloqueo político que mantiene paralizado el proceso de descolonización del territorio.
Desde la perspectiva saharaui, la cuestión de fondo sigue siendo la misma que hace cincuenta años: el derecho del pueblo saharaui a decidir libremente su futuro. Durante décadas, la dirección saharaui apostó por la vía diplomática y por el referéndum de autodeterminación prometido por Naciones Unidas. La ausencia de avances, la paralización del proceso y la percepción de que la comunidad internacional había dejado de ejercer presión efectiva condujeron finalmente al retorno de la lucha armada.
La guerra del Sáhara Occidental tampoco puede entenderse únicamente a través de los comunicados militares. Durante los últimos años, organizaciones saharauis y diversas fuentes regionales han denunciado repetidamente ataques realizados mediante drones marroquíes contra vehículos civiles en zonas del desierto próximas al muro militar. Estas denuncias han provocado una profunda preocupación entre los saharauis, que observan cómo episodios que afectarían gravemente a la opinión pública internacional en otros conflictos apenas generan atención política o mediática cuando ocurren en el Sáhara Occidental.
Esa sensación de invisibilidad constituye precisamente uno de los elementos que alimentan la frustración de una parte importante de la sociedad saharaui. Mientras el conflicto continúa produciendo víctimas y manteniendo una situación de guerra de baja intensidad, la cuestión saharaui parece desaparecer periódicamente de la agenda internacional. Se habla de estabilidad regional, de relaciones diplomáticas o de intereses estratégicos, pero raramente de las consecuencias humanas que sigue teniendo una guerra que nunca llegó realmente a resolverse.
Por eso, cuando un combatiente saharaui muere en el frente, la reacción dentro de la sociedad saharaui suele interpretarse de forma diferente a como se percibe desde muchos análisis exteriores. La pérdida humana es dolorosa. Lo es para las familias, para los compañeros y para todo un pueblo que conoce demasiado bien el precio de la guerra. Pero al mismo tiempo se contempla como parte de un sacrificio asumido en nombre de una causa colectiva que consideran legítima: la libertad y la independencia de su pueblo.
Este es un aspecto que Marruecos y muchos de sus voceros mediáticos suelen ignorar en sus análisis. Con frecuencia la guerra se interpreta exclusivamente en términos de capacidad militar, armamento, bajas o equilibrio de fuerzas. Sin embargo, la principal fortaleza de la resistencia saharaui no reside únicamente en esos factores. Reside en la profundidad de una convicción nacional compartida por varias generaciones y en la capacidad de una sociedad para seguir movilizándose después de décadas de exilio, ocupación y espera.
La caída, el martirio o la muerte de cualquier combatiente —independientemente de su rango o responsabilidad— no es vista únicamente como una pérdida individual. Es percibida como un sacrificio realizado en nombre de una causa colectiva. La pérdida de un hombre puede ser dolorosa; la de una idea compartida por todo un pueblo resulta imposible. Esa es una de las claves que permiten entender por qué la lucha saharaui ha sobrevivido durante medio siglo a los cambios políticos, a las derrotas, a los bloqueos diplomáticos y a las sucesivas decepciones internacionales.
La muerte de Lahbib Mohamed Abdelaziz no cambia por sí sola el rumbo de la guerra. Tampoco altera el equilibrio militar existente sobre el terreno. Pero sí recuerda algo esencial: que el conflicto sigue abierto y que la cuestión saharaui continúa sin resolverse. Mientras no exista una solución política justa y aceptada por el pueblo saharaui, la guerra seguirá siendo, para muchos saharauis, una consecuencia del problema y no su causa.
Quizá esa sea la realidad más incómoda para quienes llevan años presentando el Sáhara Occidental como un conflicto congelado. La guerra existe. Sigue costando vidas. Y continúa siendo, para una parte importante del pueblo saharaui, la expresión de una reivindicación nacional que considera todavía pendiente de respuesta.
Victoria G. Corera – Plataforma NO TE OLVIDES DEL SÁHARA OCCIDENTAL
La muerte en combate de Lahbib Mohamed Abdelaziz vuelve a recordar una realidad incómoda: el conflicto saharaui sigue abierto y continúa costando vidas mientras gran parte de la comunidad internacional mira hacia otro lado