Han pasado el verano con familias de acogida, han recibido atención sanitaria, han conocido otra realidad y han dejado también mucho de sí mismos. Ahora comienzan los regresos a los campamentos de refugiados, donde les esperan sus familias y una alegría inmensa. Pero detrás de cada despedida permanece una realidad que no debería normalizarse: vuelven a un exilio que dura ya medio siglo.
Ya están apareciendo las primeras imágenes. En el aeropuerto de Málaga comienzan las despedidas de los niños y niñas saharauis que durante este verano han participado en Vacaciones en Paz. Hay bolsas, bultos, abrazos y esa mezcla difícil de explicar que conocen bien las familias de acogida: la tristeza por quien se marcha y, al mismo tiempo, la alegría de imaginar el recibimiento que encontrará al otro lado.
Regresan con muchas experiencias acumuladas durante estas semanas. Para algunos, el verano ha permitido realizar revisiones médicas o recibir tratamientos difíciles de garantizar en las condiciones de los campamentos. Han conocido lugares nuevos, han convivido con otras familias, han aprendido y han disfrutado. Pero sería injusto contar esta historia en una sola dirección, porque también nosotros hemos aprendido de ellos. De su manera de relacionarse, de su capacidad para adaptarse, de sus familias y de una cultura saharaui en la que la acogida y la hospitalidad tienen un significado profundo.
Quienes hemos visitado los campamentos conocemos además la otra cara de esa relación. Allí somos nosotros quienes llegamos y quienes somos recibidos. En casas levantadas en medio de un territorio extremadamente duro siempre aparece un lugar para sentarse, un té que compartir, una comida que se reparte y una familia que convierte al visitante en huésped. La hospitalidad que durante el verano intentamos ofrecer aquí tiene allí una respuesta cotidiana que muchos no olvidamos nunca.
Por eso Vacaciones en Paz no puede entenderse únicamente como un programa de acogida infantil. Durante unas semanas crea vínculos entre familias separadas por miles de kilómetros y permite que muchas personas que quizá nunca habían escuchado hablar seriamente del Sáhara Occidental descubran, a través de un niño o una niña, la historia de todo un pueblo. Algunas de esas relaciones terminan acompañando a las familias durante años y se convierten en una forma de solidaridad mucho más profunda que la de un verano.
Ahora llega el momento de volver. En los campamentos habrá padres, madres, hermanos, abuelos y amigos esperando. Podemos imaginar la alegría del encuentro después de casi dos meses y entender que los niños quieran regresar también a sus familias, a sus juegos y a su vida cotidiana. Nosotros nos quedamos con su cariño y con el entusiasmo renovado para continuar acompañando al pueblo saharaui.
Pero existe una realidad que tampoco podemos ocultar detrás de las fotografías felices del regreso. Esos niños vuelven a unos campamentos levantados hace cincuenta años para afrontar una emergencia que debía ser provisional. Muchos de sus padres nacieron ya allí y algunos de sus abuelos llegaron huyendo del Sáhara Occidental en 1975. La espera se ha transmitido de generación en generación mientras la descolonización continúa pendiente.
Ese es quizá el contraste más difícil de Vacaciones en Paz. Podemos alegrarnos por el reencuentro con sus familias y, al mismo tiempo, negarnos a considerar normal que volver a casa signifique regresar a un campo de refugiados.
Nos imaginamos hoy la alegría de quienes esperan al otro lado. A los niños y niñas que regresan podemos decirles algo muy sencillo: os lleváis nuestro cariño y nosotros nos quedamos con el vuestro, y con más razones todavía para continuar.
Porque Vacaciones en Paz termina otro verano. El exilio saharaui todavía no.
