Algunos análisis intentan presentar el plan de Rabat como el único camino posible antes de la renovación del mandato de la MINURSO en octubre. Pero el conflicto sigue siendo una cuestión de descolonización pendiente.
En los últimos días se observa una insistencia creciente en presentar la autodenominada «autonomía marroquí» como si fuera ya la salida inevitable para el Sáhara Occidental. No se trata solo de defender el plan de Rabat, sino de intentar instalar la idea de que la comunidad internacional habría asumido definitivamente ese marco y que el Consejo de Seguridad solo tendría que acompañarlo.
Ese relato se apoya en una lectura interesada de los últimos movimientos diplomáticos: contactos en Madrid, conversaciones en Washington, presencia del expediente en Oslo y una posible nueva cita antes de octubre. A partir de ahí se construye una secuencia que pretende transmitir una sensación de avance ordenado hacia la propuesta marroquí.
La renovación del mandato de la MINURSO en octubre se está utilizando como una especie de horizonte psicológico. La idea que se intenta instalar es que todo lo que ocurra antes de esa fecha —reuniones, contactos, foros, presiones, declaraciones— formaría parte de una secuencia destinada a cerrar el marco político del conflicto.
Conviene no subestimar esa operación. Octubre importa. Cada renovación del mandato de la MINURSO refleja el equilibrio político del momento en el Consejo de Seguridad. El lenguaje de la resolución, las referencias a las partes, la forma de mencionar el plan marroquí o la autodeterminación, todo eso tiene valor político.
La MINURSO nació vinculada a un proceso de paz que debía culminar en la expresión de la voluntad del pueblo saharaui. Que esa misión lleve décadas bloqueada no significa que el derecho haya caducado. Significa que la comunidad internacional ha permitido que el bloqueo se cronifique.
Pero conviene no confundir una ofensiva diplomática con una solución legítima. El Sáhara Occidental sigue siendo un territorio pendiente de descolonización y el pueblo saharaui continúa siendo el titular del derecho de autodeterminación. Ninguna combinación de capitales, reuniones o fórmulas diplomáticas puede sustituir ese principio.
La autonomía marroquí es una propuesta de Marruecos. Puede contar con apoyos importantes y puede ganar espacio en determinados despachos internacionales. Pero no deja de ser una propuesta de la potencia ocupante sobre un territorio cuya soberanía no le pertenece. Presentarla como “realista” no la convierte automáticamente en justa ni en aceptable para el pueblo saharaui.
También resulta significativo el intento de desplazar el centro del conflicto hacia Argelia. Es una estrategia conocida: convertir una cuestión de descolonización en una disputa regional. Pero el problema de fondo no es si Argelia acepta o no acepta el plan marroquí. El problema es que el pueblo saharaui sigue sin poder decidir libremente su futuro.
La renovación del mandato de la MINURSO en octubre será importante, como lo es cada año. El lenguaje de la resolución, las referencias al plan marroquí y la posición de los miembros del Consejo de Seguridad marcarán el clima político del momento. Pero octubre no puede borrar el origen del conflicto ni convertir en legal una ocupación.
La cuestión saharaui no se resolverá presentando la autonomía como inevitable, ni sustituyendo el derecho internacional por el llamado “realismo”. Se resolverá cuando el pueblo saharaui pueda ejercer su derecho a decidir. Todo lo demás puede ser presión diplomática, propaganda o gestión del bloqueo, pero no una solución justa y duradera.