
La intervención de Ahmed Toufiq durante una ceremonia presidida por el monarca no puede aislarse de las recientes reivindicaciones marroquíes sobre Ceuta y Melilla. No hace falta proclamar una anexión para mantener viva una pretensión territorial.
La ceremonia religiosa celebrada el lunes en el Palacio Real de Rabat no fue un acto menor ni una intervención improvisada. Mohamed VI la presidió en su condición de Amir al-Muminin, Comendador de los Creyentes, acompañado por el príncipe heredero y por las principales autoridades políticas, religiosas y militares del reino. Ante ellos intervino el ministro de Asuntos Islámicos, Ahmed Toufiq. La propia información oficial marroquí confirma el carácter institucional del acto y la intervención del ministro ante el rey.
Toufiq recordó primero a dos importantes figuras religiosas nacidas en Ceuta y, dentro del mismo discurso, evocó la tradición del imán Al Jazuli y la movilización de los marroquíes en su «lucha sagrada para liberar las ciudades ocupadas». La referencia histórica se situaba en el periodo en que Portugal controlaba diversas posiciones de la costa atlántica y Ceuta había caído en manos portuguesas.
Es cierto que el ministro no pronunció literalmente la frase «hay que liberar Ceuta y Melilla». Esa precisión debe hacerse porque no necesitamos atribuir a Rabat palabras que no ha dicho. Pero convertir esa precisión en una tranquilizadora conclusión de que todo se redujo a una lección de historia medieval sería todavía más ingenuo.
Las palabras llegan después de semanas en las que la reivindicación marroquí ha dejado de permanecer precisamente en el terreno de las alusiones. El ministro de Justicia, Abdellatif Ouahbi, ha defendido públicamente los supuestos «derechos históricos y geográficos» de Marruecos sobre Ceuta y Melilla, ha pedido abrir con España un espacio de diálogo sobre su futuro y ha hablado de encontrar una «solución definitiva» a su situación. El Gobierno español respondió rechazando tajantemente cualquier cuestionamiento de su soberanía sobre ambas ciudades.
Por tanto, la cuestión no consiste en sacar una frase del discurso de Toufiq y someterla a un examen gramatical. Lo relevante es la acumulación del mensaje: primero una crisis fronteriza de dimensiones inéditas; después miembros del Gobierno marroquí recuperando abiertamente las reivindicaciones territoriales; y ahora Ceuta incorporada ante Mohamed VI a una narración religiosa e histórica en la que aparecen ocupación, resistencia y liberación.
Algunas reacciones nacionalistas marroquíes posteriores resultan particularmente reveladoras. No interpretan el discurso como una inocente evocación cultural. Al contrario, celebran precisamente su sutileza: la apelación a dinastías anteriores al nacimiento de la España moderna, a la autoridad religiosa del monarca y a una memoria histórica destinada a presentar Ceuta y Melilla como territorios cuya pertenencia a Marruecos estaría fuera de discusión. No son declaraciones oficiales y no deben confundirse con ellas, pero muestran perfectamente cómo el mensaje puede ser entendido dentro de Marruecos.
Quienes llevamos años siguiendo el Sáhara Occidental conocemos demasiado bien el valor político de estas construcciones. Marruecos no ha intentado legitimar durante medio siglo su ocupación únicamente mediante discursos diplomáticos. Ha utilizado también mapas, libros escolares, religión, memoria histórica, denominaciones administrativas, carreteras, inversiones, competiciones deportivas y una repetición constante destinada a transformar una pretensión política en algo que parezca natural e indiscutible.
Ceuta y Melilla no son jurídicamente comparables con el Sáhara Occidental. Las primeras forman parte de España; el segundo continúa inscrito por Naciones Unidas como Territorio No Autónomo pendiente de descolonización y su pueblo mantiene su derecho a la autodeterminación. Precisamente por respetar esa diferencia jurídica podemos observar otra cosa: los mecanismos políticos y discursivos utilizados para fabricar legitimidad territorial.
Y ahí sería un error mirar únicamente la literalidad. Marruecos sabe que una reivindicación puede mantenerse viva sin colocarla todos los días en un comunicado diplomático. Puede envolverla en historia, religión, geografía y memoria nacional hasta conseguir que una parte de su sociedad la perciba como una evidencia y no como una aspiración política.
España haría mal en despreciar esas señales como simples excesos retóricos, especialmente después de que un ministro marroquí haya planteado ya de forma explícita la soberanía de Ceuta y Melilla y mientras la crisis del 30 de julio continúa abierta. Incluso antiguos responsables del Gobierno marroquí presentan actualmente esa reivindicación como un supuesto «consenso nacional» y como posición del Estado.
No hace falta exagerar lo que Ahmed Toufiq dijo ante Mohamed VI. Lo preocupante es precisamente que no sea necesario exagerarlo. Ceuta ha vuelto a aparecer dentro de un relato marroquí de historia, religión y territorios ocupados mientras desde otras instancias del mismo Estado se reclama abiertamente revisar la soberanía de las dos ciudades españolas.
Después de cincuenta años observando cómo se construyó y normalizó el relato marroquí sobre el Sáhara Occidental, hay una conclusión que conviene no olvidar: la sutileza no significa renuncia.
Fuentes: Ministerio marroquí de Habús y Asuntos Islámicos; MAP; Europa Press; El País; Infobae, 24 y 25 de agosto de 2026.