TEMA DEL DÍA | El problema no es Marruecos: el problema es que España ya no tiene una política para el Sáhara Occidental

Mientras Marruecos consolida posiciones, el Frente Polisario mantiene su reivindicación de autodeterminación y Naciones Unidas intenta sostener un proceso de paz cada vez más debilitado, España parece haber renunciado a desempeñar un papel propio en el conflicto.

La actualidad de los últimos días vuelve a plantear una pregunta incómoda. No se refiere a Marruecos, ni al Frente Polisario, ni siquiera a Naciones Unidas. La pregunta es mucho más cercana: ¿qué política tiene hoy España para el Sáhara Occidental?

La cuestión no es menor. España sigue ocupando un lugar singular en este conflicto. Fue la potencia colonial del territorio y su retirada en 1975 dejó inconcluso el proceso de descolonización. Medio siglo después, Naciones Unidas continúa considerando el Sáhara Occidental un territorio pendiente de descolonización y el pueblo saharaui sigue reclamando el ejercicio de su derecho a la autodeterminación.

Sin embargo, da la impresión de que España ha decidido abandonar cualquier iniciativa propia y limitarse a reaccionar a los acontecimientos. Ya no marca posiciones. Ya no impulsa propuestas. Ya no ejerce ningún papel reconocible en un conflicto que, paradójicamente, mantiene una relación directa con su propia historia.

Los acontecimientos de esta semana son un buen ejemplo. La muerte de Lahbib Mohamed Abdelaziz, miembro del Secretariado Nacional del Frente Polisario, comandante del Ejército saharaui e hijo del histórico dirigente Mohamed Abdelaziz y de la exministra de Cultura Jadiya Hamdi, ha provocado reacciones políticas, sindicales y mediáticas dentro y fuera de España. La noticia ha obligado incluso a parte de la prensa nacional a volver a hablar de una guerra que muchos prefieren ignorar.

Sin embargo, la reacción del Gobierno español volvió a estar marcada por la prudencia. O, según sus críticos, por el silencio. Mientras diferentes fuerzas políticas, organizaciones sociales y representantes de la solidaridad con el pueblo saharaui expresaban su condena por los hechos, el Ejecutivo evitó pronunciarse de forma clara sobre la muerte de los tres combatientes saharauis.

La cuestión va más allá de una declaración concreta. Lo verdaderamente relevante es que nadie parece tener claro cuál es la posición española ante la evolución del conflicto. Desde el cambio de postura de 2022, cuando el Gobierno de Pedro Sánchez respaldó públicamente la propuesta marroquí de autonomía, la política española respecto al Sáhara Occidental parece haberse reducido a una fórmula repetida una y otra vez: apoyo a los esfuerzos de Naciones Unidas.

Pero apoyar los esfuerzos de Naciones Unidas no responde a la pregunta fundamental. ¿Cuál es la solución que considera justa España? ¿Debe existir un referéndum de autodeterminación? ¿Debe imponerse la propuesta marroquí? ¿Debe buscarse una tercera vía? Sobre esas cuestiones apenas existe ya un discurso político identificable.

Mientras tanto, otros actores sí parecen tener una estrategia definida. Marruecos continúa desarrollando una intensa actividad diplomática para consolidar apoyos internacionales a su posición sobre el Sáhara Occidental. Estados Unidos mantiene una implicación creciente en el expediente. Israel se ha convertido en un socio estratégico de Rabat en ámbitos que incluyen la cooperación militar y tecnológica. Argelia sigue respaldando al Frente Polisario y defendiendo el derecho de autodeterminación saharaui.

España, por el contrario, aparece cada vez más como un observador.

La reciente visita del enviado personal del secretario general de Naciones Unidas, Staffan de Mistura, a los campamentos de refugiados saharauis ha vuelto a evidenciar esa realidad. Durante sus reuniones con la dirección saharaui, el Frente Polisario reiteró una posición que mantiene desde hace décadas: respaldo a una solución pacífica, pero basada en el respeto al derecho del pueblo saharaui a decidir libremente su futuro.

Es una posición conocida. Puede compartirse o discutirse. Pero existe. Del mismo modo que existe una posición marroquí claramente definida. Lo que resulta más difícil de identificar es cuál es hoy la posición española más allá de la búsqueda de estabilidad en las relaciones con Rabat.

Quizá por eso cada nueva crisis vuelve a generar la misma sensación de improvisación. Cuando se producen incidentes militares, España guarda silencio. Cuando Naciones Unidas intenta reactivar el proceso político, España observa. Cuando aumentan las tensiones diplomáticas en la región, España reacciona, pero rara vez anticipa.

Y sin embargo, el conflicto no ha desaparecido. La guerra continúa. La ocupación continúa. Los campamentos de refugiados continúan. Las resoluciones de Naciones Unidas continúan. Lo único que parece haberse reducido progresivamente es la capacidad de España para influir en una cuestión que durante décadas formó parte central de su política exterior.

Quizá el problema principal ya no sea la posición de Marruecos. Tampoco la falta de avances de Naciones Unidas. Ni siquiera la complejidad de un conflicto enquistado durante medio siglo. Quizá el problema sea que España sigue sin explicar cuál es su proyecto para el Sáhara Occidental.

Y cuando un país deja de tener una estrategia propia, corre el riesgo de acabar viviendo dentro de la estrategia diseñada por otros.

Carlos C. García
Plataforma NO TE OLVIDES DEL SÁHARA OCCIDENTAL