
La reunión de la ponencia en la Comisión de Justicia del Congreso sobre la ley de nacionalidad para saharauis no es un trámite más. Llega después de más de un año de bloqueo y en un contexto en el que el debate ha vuelto a la agenda política con una intensidad poco habitual.
Lo que ocurre hoy no garantiza un resultado inmediato, pero sí marca un cambio de fase. La iniciativa, impulsada por Sumar, vuelve a ser objeto de negociación real entre grupos parlamentarios, con enmiendas sobre la mesa y con la posibilidad —todavía abierta— de articular una mayoría suficiente para avanzar, incluso en un escenario sin consenso pleno del Gobierno, aunque el PSOE participa ahora en la fase de enmiendas y negociación.
La propuesta tiene además un alcance muy concreto: permitir el acceso a la nacionalidad española a las personas nacidas en el Sáhara Occidental antes de 1976, cuando el territorio estaba bajo administración española. La constitución de la ponencia formaliza el inicio de esta nueva etapa, en la que los grupos trabajan sobre enmiendas que, en su mayoría, no cuestionan el núcleo de la iniciativa.
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Durante meses, la ley permaneció en una situación de parálisis que reflejaba la incomodidad política del tema. Su reactivación indica que esa incomodidad no ha desaparecido, pero sí que ha dejado de ser suficiente para mantener el bloqueo. En las últimas horas, distintos medios han coincidido en señalar un elemento significativo: la posibilidad de acuerdos transversales entre formaciones que, en otros ámbitos, mantienen posiciones muy alejadas.
Este tipo de convergencias no son habituales y apuntan a que la cuestión saharaui, al menos en este punto concreto, desborda parcialmente las lógicas políticas tradicionales. No es frecuente que una iniciativa de este tipo genere espacios de negociación cruzada en un escenario parlamentario fragmentado.
Pero más allá de la aritmética parlamentaria, lo que está en juego es otra cosa. La ley de nacionalidad no es solo una medida administrativa. Se sitúa en el cruce entre derechos, historia y posicionamiento político. Plantea, de forma implícita, una cuestión de fondo que España ha evitado resolver durante décadas: cómo abordar la situación de quienes nacieron bajo su administración en el Sáhara Occidental.
En este sentido, el contexto reciente añade presión al debate. La exclusión de los saharauis del proceso extraordinario de regularización ha vuelto a poner en evidencia las dificultades específicas de este colectivo en el acceso a derechos básicos. La nacionalidad aparece así no solo como una opción jurídica, sino como una posible vía de salida a una situación de indefinición prolongada.
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El desarrollo de la ponencia puede seguir distintos caminos. El primero, un avance hacia un texto consensuado que permita continuar la tramitación. El segundo, un nuevo aplazamiento que mantenga la ley en una situación de bloqueo técnico. Y el tercero, menos probable pero posible, una ruptura del intento de acuerdo que devuelva el debate al punto de partida.
Ninguno de estos escenarios resuelve por sí mismo el problema de fondo. Pero todos tienen implicaciones políticas. Porque cada vez que esta ley vuelve al Congreso, reaparece una realidad que no termina de cerrarse: la relación entre España y el Sáhara Occidental sigue siendo, también en el plano jurídico, una cuestión abierta.
En paralelo, este debate se produce en un contexto más amplio en el que el Sáhara Occidental vuelve a aparecer en distintos planos —institucional, internacional y social—, como reflejan los movimientos recientes en la agenda política y diplomática.
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Hoy no se decide todo. Pero sí se mide algo importante: hasta qué punto el sistema político español está dispuesto a abordar —aunque sea parcialmente— una de sus cuestiones pendientes.