
Un texto de Felipe García Landín recorre la memoria literaria del Sáhara Occidental desde Canarias, entre novelas, poesía, exilio, lengua hassanía y solidaridad. Una lectura de domingo para recordar que la causa saharaui también vive en los libros.
Hay textos que no conviene leer con prisa. El artículo de Felipe García Landín, titulado “Literatura para celebrar los 50 años de la RASD”, es uno de ellos. Puede resultar denso por la cantidad de obras, nombres, fechas y referencias que reúne, pero precisamente ahí está buena parte de su valor: dibuja un mapa literario, cultural y afectivo del Sáhara Occidental desde una mirada especialmente vinculada a Canarias.
El punto de partida es una evidencia histórica y humana: la relación entre Canarias y el Sáhara Occidental no es una frase hecha. La cercanía geográfica, las familias canarias que vivieron en El Aaiún o Villa Cisneros, la presencia saharaui en las islas orientales y los vínculos sociales, económicos y culturales dejaron una huella que también aparece en la literatura. Esa memoria de ida y vuelta explica por qué Canarias sigue siendo uno de los territorios donde la solidaridad con el pueblo saharaui conserva una raíz tan profunda.
El texto recuerda obras tempranas como “Arena y viento”, de Alberto Vázquez-Figueroa, o “Trópico de ausencia”, de Antonio Segado del Olmo, y se detiene después en el noviembre de 1975: la Marcha Verde, los Acuerdos Tripartitos de Madrid, la muerte de Franco, la proclamación de Juan Carlos I y el abandono del Sáhara Occidental sin que España cumpliera su responsabilidad de descolonización. Ahí aparece también la novela “Sahara”, de Emilio González Déniz, con una idea que sigue golpeando medio siglo después: el Sáhara no fue noticia, ni lo sería durante años, aunque sobre sus arenas se estuvieran cometiendo enormes injusticias.
Pero la lectura no se queda en la novela. Entra también en la poesía, quizás el territorio donde la memoria saharaui ha encontrado algunas de sus formas más limpias de resistencia. El artículo cita “Os doy esto desnudo que es mi mano”, nacido tras un viaje de escritores a los campamentos de refugiados en 1981, con nombres como Alfonso Sastre, Mario Benedetti o José Agustín Goytisolo. También recuerda el compromiso de Jorge Guillén con los derechos del pueblo saharaui y la obra de Maribel Lacave, María Jesús Alvarado y otros autores y autoras que hicieron de la infancia, el destierro, la memoria y la solidaridad una materia literaria.
Especialmente interesante es la parte dedicada a la lengua y la literatura saharaui. Toda nación tiene una lengua, una memoria y una literatura. El hassanía, las obras clásicas de Chej Mohamed El Mami o Chej Ma Elainin, la poesía nacional saharaui, la Generación de la Amistad, Bahia Mahmud Awah, Limam Boicha, Zahra Hasnaui, Lehdia Dafa Mohamed o Bachir Ahmed forman parte de una tradición que muchas veces ha sido invisibilizada por quienes reducen el Sáhara Occidental a un conflicto diplomático o a una cuestión geopolítica.
El artículo tiene también una virtud importante: mezcla memoria colonial, literatura española, literatura canaria, literatura saharaui, exilio, bibliotecas, poesía y compromiso sin separar artificialmente lo cultural de lo político. Porque en el caso saharaui la cultura no es un adorno. La cultura ha sido y sigue siendo una forma de afirmar existencia frente al intento de borrado. Los libros, los poemas, los testimonios, las novelas y las bibliotecas son también una manera de decir: este pueblo existe, tiene historia, tiene lengua, tiene autores, tiene memoria y tiene derecho a decidir su futuro.
En el año en que se cumplen cincuenta años de la proclamación de la República Árabe Saharaui Democrática, esta lectura recuerda algo esencial: la resistencia saharaui no se sostiene solo en la diplomacia, en las resoluciones internacionales o en la denuncia de la ocupación. También se sostiene en la palabra, en la memoria transmitida, en la literatura escrita desde el exilio, desde Canarias, desde los campamentos y desde la diáspora.
Felipe García Landín cierra su texto con unos versos de Limam Boicha que resumen el abismo y la cercanía entre África y Europa: “Solamente un beso separa / la boca de África / de los labios de Europa”. Medio siglo después, ese beso sigue pendiente. Pero la literatura saharaui y la literatura solidaria con el Sáhara Occidental siguen recordando que el olvido nunca ha conseguido borrar a un pueblo.