OPINIÓN | Marruecos en las aulas, el Sáhara Occidental fuera de Casa Árabe – Por Carlos C. García

Dos debates aparentemente distintos vuelven a señalar una misma anomalía: la presencia institucional de Rabat en espacios públicos españoles y el silencio impuesto sobre la causa saharaui.

Hay debates que conviene mirar juntos, porque separados parecen episodios menores y unidos muestran una realidad de fondo. Estos días han coincidido dos asuntos aparentemente distintos: el anuncio del fin del programa de lengua árabe y cultura marroquí en Andalucía, dentro de los acuerdos entre PP y Vox, y la salida de Casa Árabe de su sede madrileña en las Escuelas Aguirre. Uno afecta a la enseñanza. El otro, a una institución cultural. Pero los dos apuntan a una misma cuestión: durante demasiados años, Marruecos ha tenido una presencia institucional privilegiada en España mientras el Sáhara Occidental era sistemáticamente apartado del debate público.

Desde la Plataforma NO TE OLVIDES DEL SAHARA OCCIDENTAL no tenemos ninguna razón para defender que Rabat tenga entrada privilegiada en la escuela pública española. Enseñar árabe no es el problema. Conocer la cultura árabe tampoco. El problema es que un programa de “lengua árabe y cultura marroquí” esté ligado a un Estado extranjero que selecciona profesorado, financia contenidos y proyecta su relato en centros públicos españoles. Y el problema es todavía mayor cuando ese Estado es la potencia ocupante del Sáhara Occidental.

No se trata, por tanto, de comprar ningún marco partidista ni de convertir una medida concreta en una adhesión política. Se trata de decir algo bastante más sencillo: la escuela pública española no puede ser un espacio de influencia de Rabat. Si España quiere enseñar árabe, debe hacerlo con control público español, con pluralidad, con rigor pedagógico y sin depender del Gobierno marroquí. La lengua árabe no pertenece a Marruecos. El mundo árabe no termina en Rabat. Y la cultura no puede convertirse en una herramienta de control político sobre la diáspora ni en una vía de blanqueamiento de un régimen ocupante.

Con Casa Árabe ocurre algo parecido, aunque en otro terreno. No hay que convertir su salida de las Escuelas Aguirre en una tragedia cultural. Casa Árabe ha podido ser muchas cosas, pero no ha sido un espacio útil para que la sociedad española conozca con libertad el caso del Sáhara Occidental. Durante años, el Sáhara Occidental ha estado ausente o reducido a los márgenes, mientras Marruecos era tratado con una prudencia incompatible con un verdadero debate democrático.

La cuestión no es personal, aunque muchos hayamos conocido vetos, silencios o puertas cerradas. Eso es anecdótico. Lo importante es el balance político y cultural: ¿cuántos debates serios ha acogido Casa Árabe sobre el Sáhara Occidental? ¿Cuántas mesas sobre las sentencias del Tribunal de Justicia de la Unión Europea y los recursos naturales saharauis? ¿Cuántos encuentros sobre los presos políticos saharauis, la represión en los territorios ocupados, la crisis hispano-marroquí, Ceuta y Melilla, la libertad de expresión en Marruecos o las relaciones entre Marruecos y Argelia?

La respuesta es incómoda, pero evidente. Cuando se trataba de asuntos sensibles para Rabat, Casa Árabe no ha sido precisamente un espacio de libertad crítica. Ha funcionado demasiadas veces como escaparate diplomático, no como lugar de análisis independiente. Y cuando una institución pública dedicada al mundo árabe no puede hablar con libertad del Sáhara Occidental, el problema ya no es cultural. Es político.

Ahí está la prueba del algodón. En las aulas, Rabat ha podido proyectar su relato bajo apariencia educativa. En el escaparate cultural, Marruecos ha disfrutado de una presencia amable, institucional y cuidadosamente despolitizada. Mientras tanto, el pueblo saharaui, que forma parte de la historia colonial española y sigue pendiente de descolonización, ha sido tratado como un asunto incómodo, secundario o directamente invisible.

España no necesita menos cultura árabe. Necesita menos tutela marroquí. No necesita menos enseñanza de árabe. Necesita que esa enseñanza no dependa de Rabat. No necesita menos diálogo con el Magreb. Necesita un diálogo que no excluya al Sáhara Occidental para proteger la relación bilateral con Marruecos.

El Sáhara Occidental no necesita que España cierre puertas culturales. Necesita que deje de abrirlas solo a través de Marruecos. Necesita universidades sin miedo, instituciones culturales sin vetos, medios sin autocensura y espacios públicos donde se pueda hablar de ocupación, descolonización, derechos humanos y autodeterminación.

Durante demasiado tiempo, Marruecos ha tenido altavoces en España mientras el pueblo saharaui encontraba obstáculos para ser escuchado. Por eso estos dos debates, leídos juntos, permiten sacar una conclusión clara: el problema no es la cultura árabe. El problema es la utilización diplomática de la cultura para normalizar la ocupación y borrar al Sáhara Occidental de la conciencia pública española.

El cierre de una etapa puede ser también una oportunidad. No para sustituir pluralidad por censura, ni cultura por propaganda inversa. Sino para afirmar algo elemental: ninguna institución pública española debería funcionar con el Sáhara Occidental fuera de plano y Marruecos dentro como invitado permanente.

Por Carlos C. García
Coordinador de la Plataforma NOTEOLVIDES DEL SAHARA OCCIDENTAL