
Durante estos días parece que el futuro del Sáhara Occidental se decide exclusivamente en Washington. Estados Unidos redacta el borrador que negocia el Consejo de Seguridad, propone cambiar profundamente MINURSO y pretende colocar la autonomía bajo soberanía marroquí en el centro del proceso. Es lógico que todas las miradas estén pendientes de ese texto. Lo que no resulta tan lógico es acabar confundiendo la posición estadounidense con la posición de la comunidad internacional. Fuera de Washington siguen existiendo tribunales, organizaciones regionales y órganos de Naciones Unidas que parten de realidades muy diferentes.
El borrador cero presentado inicialmente por Estados Unidos ha concentrado casi toda la discusión internacional sobre el Sáhara Occidental alrededor de una sola capital. Durante los últimos días hemos hablado de Donald Trump, de Washington, de la propuesta marroquí de autonomía, de la transformación de MINURSO y hasta de la posible desaparición de la palabra “Referéndum” del nombre de la misión. Hay motivos para hacerlo: Estados Unidos redacta la resolución que negocia el Consejo de Seguridad y su propuesta inicial pretende modificar mucho más que el mandato de una operación de Naciones Unidas.
Pero mirar todo el expediente desde Washington termina produciendo una imagen incompleta. La posición estadounidense tiene un enorme peso político, pero no sustituye al Derecho Internacional ni convierte automáticamente su interpretación en la única existente. El Sáhara Occidental permanece en la lista de Naciones Unidas de Territorios No Autónomos y la Asamblea General continúa abordándolo dentro del proceso de descolonización. La autodeterminación no ha desaparecido porque Washington considere ahora que la autonomía bajo soberanía marroquí es la única solución viable.
Y aquí conviene abandonar por un momento los documentos y mirar el mapa. Marruecos controla la mayor parte del Sáhara Occidental, pero no todo el territorio. Al este y al sur del muro quedan zonas fuera de su control y el alto el fuego se rompió en 2020. Si el Consejo de Seguridad terminara aceptando la soberanía marroquí como punto de llegada, ¿qué ocurriría con esa parte del territorio? ¿Consideraría Rabat que tiene legitimidad internacional para extender allí su control? ¿Qué ocurriría entonces con MINURSO y con la presencia del Frente POLISARIO? Cambiar unas palabras en Nueva York no hace desaparecer esas preguntas.
Tampoco desaparece Argelia. Alberga desde hace medio siglo a buena parte de la población refugiada saharaui, respalda la autodeterminación y comparte frontera con el territorio. Una modificación profunda del marco actual tiene inevitablemente consecuencias regionales. ¿Cómo reaccionaría Argel si una resolución del Consejo de Seguridad tratara la soberanía marroquí como un hecho prácticamente resuelto? No hace falta anticipar una respuesta para comprender que una solución duradera no puede construirse ignorando el equilibrio regional.
África introduce otra realidad que a menudo desaparece cuando todo se contempla desde Washington. La República Saharaui es miembro de pleno derecho de la Unión Africana desde 1982. Marruecos también pertenece hoy a la organización. Esto plantea una paradoja difícil de esquivar: ¿cómo recibiría la Unión Africana una solución internacional que reconociera la soberanía de uno de sus Estados miembros sobre el territorio reivindicado y representado por otro Estado miembro de la misma organización?
La UA no puede dictar al Consejo de Seguridad qué resolución aprobar. Pero tampoco puede ser tratada como un actor secundario en un problema que ocurre en África y que hunde sus raíces precisamente en la descolonización del continente. La tradición política y jurídica africana ha mantenido durante décadas el principio de autodeterminación del pueblo saharaui.
Europa ofrece otro límite, especialmente desde los tribunales. Conviene distinguir aquí entre la política europea y el Derecho europeo. Las instituciones de la Unión han buscado repetidamente mantener una relación estrecha con Marruecos y aplicar acuerdos económicos al Sáhara Occidental. Sin embargo, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha reiterado que Marruecos y el Sáhara Occidental son territorios distintos y que el consentimiento del pueblo saharaui resulta determinante para aplicar acuerdos al territorio.
Eso no es una cuestión abstracta. Afecta a la pesca, los productos agrícolas, los fosfatos y otros recursos. Si el Consejo de Seguridad avanzara hacia un marco que diera prácticamente por resuelta la soberanía marroquí mientras los tribunales europeos continúan distinguiendo jurídicamente ambos territorios, aparecería una contradicción que tampoco puede desaparecer por decreto.
Y está Naciones Unidas. Estados Unidos ha planteado además la desaparición del Comité Especial de Descolonización. Puede discutirse la utilidad actual de ese órgano. Lo que resulta significativo es que, al mismo tiempo que Washington propone reducir el peso del referéndum dentro de MINURSO, cuestione uno de los espacios donde el Sáhara Occidental continúa institucionalmente vinculado a la descolonización.
Ninguno de estos actores puede resolver por sí solo el conflicto. Una sentencia europea no organiza un referéndum, la Unión Africana no sustituye al Consejo de Seguridad, Argelia no decide el futuro del territorio y el Comité de Descolonización tampoco puede imponer una salida. Pero todos recuerdan algo que el debate de estos días corre el riesgo de ocultar: Estados Unidos puede cambiar profundamente el equilibrio diplomático, pero no puede borrar por sí solo la realidad territorial, jurídica, africana y regional construida alrededor del Sáhara Occidental durante medio siglo.
Ese es el problema de intentar resolver una descolonización eliminando progresivamente su marco de descolonización. Se puede reformar MINURSO, buscar otro procedimiento negociador o admitir que el referéndum previsto en 1991 no ha podido celebrarse en las condiciones entonces imaginadas. Lo que resulta mucho más difícil es presentar como solución definitiva una fórmula que deja abiertas todas las preguntas esenciales: qué ocurre con el territorio que Marruecos no controla, qué posición adopta Argelia, cómo responde la Unión Africana, qué sucede con la jurisprudencia europea y, sobre todo, dónde queda el derecho del pueblo saharaui a decidir su futuro.
Si todas esas preguntas se sustituyen simplemente por el reconocimiento político de la situación existente, quizá ya no estemos hablando de resolver el problema del Sáhara Occidental. Estaremos hablando de convertir el statu quo en solución y buscar después la manera de legitimarlo internacionalmente.
Washington importa mucho, especialmente en estos días decisivos del Consejo de Seguridad. Pero no todo es Estados Unidos. Está el territorio real, dividido por un muro. Está un enfrentamiento armado que no ha terminado. Está Argelia. Está la Unión Africana. Están los tribunales europeos. Está Naciones Unidas y su proceso de descolonización.
Y está, sobre todo, el pueblo saharaui. Sin responder a su derecho a decidir, puede cambiar el nombre de la misión, puede cambiar el lenguaje de una resolución y puede cambiar incluso el equilibrio internacional. Lo que difícilmente podrá decirse es que la descolonización ha terminado.
Fuentes: Naciones Unidas, Tribunal de Justicia de la Unión Europea y Unión Africana.
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