Carlos C. García – NO TE OLVIDES DEL SÁHARA OCCIDENTAL
Pedro Sánchez llegó este jueves al Sáhara Occidental después de varias horas de debate en el Congreso sobre la crisis de Ceuta y, significativamente, lo hizo hablando de Marruecos. El presidente acababa de rechazar que su Gobierno mantenga una política de “apaciguamiento” con Rabat. Lo que existe, dijo, es una política de “buena vecindad”, aunque con “líneas rojas” que Marruecos conoce y que España está dispuesta a defender. Citó expresamente la integridad territorial española y la soberanía nacional sobre Ceuta y Melilla.
La transición hacia el Sáhara Occidental llegó inmediatamente después. La cuestión había sido planteada durante el debate y Enrique Santiago había sido especialmente claro al asegurar que “el giro de la política española respecto al Sáhara ha sido un fracaso. No ha funcionado”. Como argumento señaló que Marruecos no había abierto la frontera, que la actividad comercial con Ceuta no se había normalizado y que España continuaba sufriendo actuaciones consideradas inaceptables. Era, en el fondo, una pregunta que vuelve inevitablemente desde marzo de 2022: qué ha obtenido España a cambio de modificar una posición mantenida durante décadas sobre el Sáhara Occidental.
Sánchez decidió responder, pero entonces cambió también su forma de hacerlo. Durante buena parte de la réplica había hablado con soltura, mirando al hemiciclo, improvisando argumentos y entrando directamente en las críticas que había recibido. Al llegar al Sáhara Occidental bajó la mirada hacia sus papeles y comenzó a leer. No sabemos quién redactó aquellas líneas y no hace falta especular sobre ello. Lo relevante es que la respuesta sobre el Sáhara no pareció improvisada, sino una formulación preparada en la que cada palabra estaba medida.
“Se dice que, en fin, el cambio sobre el Sáhara Occidental, que ha sido criticado por su grupo parlamentario y por otros grupos parlamentarios”, comenzó Sánchez. Acto seguido recurrió a Naciones Unidas: “Pero yo quiero recordar que hay una resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas al respecto”.
El presidente no explicó entonces qué dice exactamente esa resolución. Su siguiente frase fue recordar que “la mayor parte de los países europeos, los principales países europeos” han avalado la propuesta actualmente sobre la mesa sobre “la autonomía del Sáhara Occidental dentro de Marruecos”. Después presentó la política española como parte de un esfuerzo compartido por el Gobierno de España, Europa y “el conjunto de la Comunidad Internacional” para intentar ofrecer “una solución política a un conflicto” enquistado desde hace cincuenta años. Sánchez dijo primero “más de 50 años” y se corrigió inmediatamente: “o 50 años”.
La respuesta no terminó ahí. Sánchez añadió que esa posición no responde a “ningún otro interés” que el de “ayudar a una zona, en este caso al Sáhara Occidental”, y recordó que España es el país que más recursos económicos aporta a la ayuda humanitaria.
En menos de un minuto habían aparecido Marruecos, la autonomía, Europa, Naciones Unidas, la comunidad internacional, cincuenta años de conflicto y la ayuda humanitaria. No apareció, sin embargo, ni una sola vez el pueblo saharaui. Tampoco la libre determinación. Ni siquiera cuando Sánchez habló de la ayuda española se refirió a los refugiados saharauis: prefirió hablar de “ayudar a una zona”.
No parece una cuestión menor cuando se observa de dónde venía el argumento. Unos segundos antes, al hablar de Ceuta y Melilla, el presidente había utilizado con absoluta claridad expresiones como soberanía nacional, integridad territorial y líneas rojas. Cuando llegó al Sáhara Occidental, el lenguaje cambió. Ya no había un territorio pendiente de descolonización ni un pueblo titular de un derecho político. Había un “conflicto” de cincuenta años, una propuesta de autonomía “dentro de Marruecos” y una zona necesitada de ayuda.
El problema de esa formulación aparece en el momento en que se abre la resolución del Consejo de Seguridad que Sánchez acababa de utilizar como respaldo. La vigente Resolución 2797, aprobada el 31 de octubre de 2025, contiene sin duda un avance muy importante de las tesis marroquíes. El Consejo toma nota del apoyo de numerosos Estados a la propuesta de autonomía presentada por Marruecos y afirma que “una verdadera autonomía bajo soberanía marroquí podría ser la solución más factible”. También establece que las conversaciones deben desarrollarse tomando como base la propuesta marroquí. Negar ese cambio en el lenguaje de Naciones Unidas sería negar lo que está escrito.
Pero la Resolución 2797 tampoco es la resolución que dejó entrever Pedro Sánchez en su intervención.
En el mismo preámbulo en el que se recoge el avance de la propuesta marroquí, el Consejo de Seguridad reafirma que la solución debe alcanzarse con arreglo a los principios y propósitos de la Carta de Naciones Unidas, “incluido el principio de la libre determinación”. Y cuando llega a la parte operativa, el texto es todavía más difícil de eludir: las conversaciones, aun tomando como base la propuesta de autonomía de Marruecos, deben buscar una solución política definitiva y aceptable para todas las partes que contemple “la libre determinación del pueblo del Sáhara Occidental”.
Precisamente las palabras que no aparecieron en el texto leído por Sánchez.
Por eso no se puede afirmar que el presidente inventara lo que dice la Resolución 2797. La autonomía está allí y tiene hoy un peso que no tenía en resoluciones anteriores. Lo que hizo fue presentar solamente una parte de la resolución y dejar fuera aquella que incomoda la interpretación marroquí: Naciones Unidas sigue hablando de libre determinación y sigue identificando a un sujeto político, “el pueblo del Sáhara Occidental”, que no desaparece porque algunos Estados hayan decidido apoyar la propuesta de Rabat.
La diferencia es sustancial. Una cosa es afirmar que el Consejo de Seguridad ha colocado la autonomía marroquí en el centro de las conversaciones y otra convertir ese cambio en una solución ya decidida por la comunidad internacional. La propia 2797 evita hacerlo: presenta la autonomía como el resultado que “podría” resultar más factible, mientras mantiene expresamente la libre determinación dentro de la solución que deberán alcanzar las partes.
Tampoco ha cambiado por ello el estatuto del territorio en Naciones Unidas. El Sáhara Occidental continúa en la lista de Territorios No Autónomos desde 1963. La propia página de Naciones Unidas recuerda además que en 1990 la Asamblea General reafirmó que su situación es una cuestión de descolonización que debe ser resuelta por el pueblo del Sáhara Occidental.
La referencia final de Sánchez a la ayuda humanitaria merece también ser escuchada con atención. Que España mantenga una importante aportación a la población refugiada saharaui es necesario y debe reconocerse. Pero cincuenta años de ayuda humanitaria no pueden ocupar el lugar de cincuenta años sin solución política. La asistencia permite atender las consecuencias de una situación que se prolonga desde hace medio siglo; no resuelve la causa por la que miles de saharauis continúan dependiendo de ella.
La comparecencia de este jueves era sobre Ceuta, pero terminó ofreciendo una fotografía bastante nítida de la política española hacia el Sáhara Occidental cuatro años después del giro de 2022. Sánchez fue contundente al señalar las líneas rojas que Marruecos no puede atravesar cuando se trata de la soberanía española sobre Ceuta y Melilla. Y, casi a continuación, cuando tuvo que explicar su posición sobre el territorio que Marruecos reclama como propio, dejó la improvisación, bajó la cabeza y leyó.
En aquellas líneas había espacio para la autonomía dentro de Marruecos, para el respaldo de varios países europeos, para Naciones Unidas, para una solución política, para cincuenta años de conflicto y para la ayuda humanitaria española. No lo hubo para mencionar al pueblo saharaui ni su derecho a la libre determinación.
Lo paradójico es que ambos siguen estando escritos en la resolución de Naciones Unidas que Pedro Sánchez utilizó para justificar su política.