Smara: la guerra en el Sáhara Occidental que se sigue negando

Ayer, 5 de mayo de 2026, la ciudad saharaui de Smara ha vuelto a aparecer en la actualidad tras el impacto de varios proyectiles en sus alrededores, sin que se hayan registrado víctimas. La información, recogida inicialmente por la agencia EFE a partir de testimonios locales, podría interpretarse como un episodio puntual si no fuera porque encaja en una realidad mucho más amplia: en el Sáhara Occidental hay una guerra en curso desde 2020, aunque rara vez se reconozca como tal.

Horas después, la agencia saharaui Sahara Press Service informaba de que unidades del Ejército de Liberación Popular Saharaui habían llevado a cabo ataques contra posiciones del ejército marroquí en el sector de Smara. Más allá de la relación concreta entre ambos hechos, lo relevante es que ambos se inscriben en una misma dinámica: la continuidad de un conflicto armado que permanece en gran medida fuera del foco informativo.

Smara no es un caso aislado. Desde la ruptura del alto el fuego en noviembre de 2020, el Sáhara Occidental ha vuelto a un escenario de confrontación que, aunque de baja intensidad, se mantiene en el tiempo. Las acciones militares, los intercambios de fuego y las operaciones en distintas zonas del territorio forman parte de una realidad constante que apenas encuentra reflejo en la cobertura mediática internacional. Lo que ocurre sobre el terreno no es excepcional: es repetido, sostenido y, en muchos casos, invisibilizado.

En este contexto, es importante situar correctamente el marco en el que se producen estos episodios. Las acciones del Ejército de Liberación Popular Saharaui se enmarcan en una guerra contra la ocupación marroquí en su propio territorio, el Sáhara Occidental, un territorio pendiente de descolonización según el derecho internacional. No se trata, por tanto, de hechos aislados ni de incidentes desconectados, sino de operaciones que se inscriben en un conflicto cuya base jurídica y política sigue sin resolverse.

Sin embargo, la forma en que estos acontecimientos se presentan en muchos medios contribuye a una percepción distorsionada. Hablar de “proyectiles” sin contexto, de “tensiones” sin marco o de “incidentes” sin historia no solo simplifica la realidad, sino que la desactiva. El resultado es una narrativa en la que el conflicto aparece como algo difuso, lejano o residual, cuando en realidad sigue activo y tiene consecuencias directas sobre la población saharaui.

A esta invisibilización contribuye también la falta de presión internacional efectiva. Mientras Naciones Unidas mantiene una misión sobre el terreno sin capacidad para garantizar el ejercicio del derecho a la autodeterminación, y mientras las grandes potencias continúan priorizando otros intereses, la situación permanece bloqueada. En ese contexto, la continuidad de acciones militares no es una anomalía, sino una consecuencia lógica de un conflicto sin resolver.

Lo ocurrido en Smara vuelve a poner de manifiesto esa contradicción: un territorio en el que se producen acciones propias de un conflicto armado, pero que sigue siendo tratado en muchos espacios como si se tratara de un problema del pasado o de una cuestión diplomática sin urgencia.

Smara no es una excepción. Es un recordatorio.
Mientras se siga evitando nombrar lo que ocurre en el Sáhara Occidental como lo que es —un conflicto activo derivado de un proceso de descolonización inconcluso—, episodios como el de hoy seguirán apareciendo como hechos aislados. Pero no lo son. Forman parte de una guerra que nunca terminó.

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