
Foto: Carlos Cristóbal.
Una generación de saharauis ha crecido entre los campamentos de refugiados, los territorios del Sáhara Occidental y una diáspora cada vez más amplia. Estudian y trabajan dentro y fuera de su tierra, han formado familias y asumen nuevas responsabilidades, pero comparten una espera que comenzó hace treinta y cinco años: el referéndum que debía permitir al pueblo saharaui decidir su futuro sigue sin celebrarse.
Buena parte de los saharauis que hoy estudian, trabajan, forman familias o participan activamente en la vida política y social han desarrollado toda su vida adulta mientras el referéndum prometido seguía pendiente. Algunos eran niños cuando entró en vigor el alto el fuego de 1991 y otros nacieron después, cuando ya estaba en marcha el proceso auspiciado por Naciones Unidas que debía conducir a una consulta de autodeterminación. Para organizarla se desplegó la MINURSO, cuyo propio nombre —Misión de las Naciones Unidas para el Referéndum del Sáhara Occidental— continúa recordando uno de los objetivos fundamentales con los que nació.
Han pasado treinta y cinco años y el tiempo transcurrido permite medir de una manera especialmente sencilla lo ocurrido. Quien nació en 1991 tiene hoy 34 o 35 años y quien nació en 2000 ronda ya los 26. En ese periodo, miles de jóvenes saharauis han pasado por las escuelas de los campamentos, han estudiado en Argelia, España, Cuba y otros países, han iniciado carreras profesionales, han emigrado o regresado, han creado familias y se han incorporado a las organizaciones políticas, sociales y culturales de su pueblo. La diáspora saharaui forma también parte de esta generación y mantiene vínculos constantes con los campamentos y con una causa que ha acompañado sus vidas independientemente del lugar en el que hayan crecido.
La generación de sus padres había conocido directamente la guerra, el éxodo iniciado en 1975, la construcción de los campamentos de refugiados y los primeros años de la República Saharaui. Para muchas de aquellas familias, el alto el fuego de 1991 abrió la expectativa de que comenzaba finalmente el camino hacia una solución. Naciones Unidas había establecido un marco para que el pueblo saharaui pudiera pronunciarse y durante los años siguientes llegaron la identificación de votantes, las negociaciones, los enviados especiales y distintos intentos de desbloquear el proceso.
La generación siguiente creció en una realidad diferente. El referéndum dejó progresivamente de ser aquella consulta que parecía próxima y pasó a convertirse en una promesa repetida durante años en resoluciones, informes y reuniones internacionales. Mientras la diplomacia discutía una y otra vez sobre el futuro del territorio, los saharauis continuaban construyendo sus propias vidas entre los campamentos, el Sáhara Occidental y el exterior. Lo que debía haber sido una etapa transitoria terminó ocupando la infancia, la juventud y buena parte de la edad adulta de toda una generación.
La ruptura del alto el fuego en noviembre de 2020 añadió además una paradoja especialmente amarga. Muchos de quienes habían crecido durante aquellas casi tres décadas de tregua eran ya adultos cuando comprobaron que regresaba la guerra sin que se hubiera celebrado la consulta que debía haber permitido resolver el futuro del territorio por la vía acordada en 1991. Para ellos, la espera ya no era solamente una historia recibida de sus padres, sino una experiencia que había atravesado prácticamente toda su vida.
El V Congreso de la Unión de Estudiantes de Saguia el Hamra y Río de Oro, celebrado estos días en los campamentos de refugiados, permite observar ahora ese relevo generacional. Sus debates sobre la situación de los estudiantes dentro y fuera del territorio, la reelección de Mohamed Lamín Said como secretario general y el propósito expresado de llevar la causa nacional «lo más lejos posible» muestran a jóvenes que asumen nuevas responsabilidades después de haber crecido en circunstancias muy distintas de las de quienes fundaron el Frente POLISARIO en 1973.
Muchos estudian o han estudiado fuera de los campamentos y forman parte de una juventud saharaui cada vez más conectada con universidades, asociaciones y movimientos sociales de otros países. Otros permanecen en los campamentos, viven en los territorios del Sáhara Occidental o han construido su vida en la diáspora. Sus trayectorias son distintas, pero comparten una referencia política que estaba ya presente cuando muchos de ellos nacieron: el pueblo saharaui continúa esperando poder decidir libremente su futuro.
Naciones Unidas mantiene al Sáhara Occidental en su lista de Territorios No Autónomos pendientes de descolonización, la cuestión continúa en la agenda internacional y la MINURSO permanece desplegada sobre el terreno. Sin embargo, el referéndum que dio nombre a aquella misión nunca se ha celebrado.
En 1991 resultaba razonable imaginar que los niños saharauis de entonces llegarían a la edad adulta conociendo el resultado de aquel proceso. Treinta y cinco años después, muchos han terminado sus estudios, han trabajado, han recorrido medio mundo y han formado sus propias familias mientras la consulta continúa pendiente. Quizá esa sea una de las maneras más sencillas de medir el fracaso internacional en el Sáhara Occidental: ha dado tiempo a que una generación entera crezca, se disperse por el mundo y comience a tomar el relevo de la anterior, mientras sigue esperando poder ejercer el derecho que le fue prometido.