Un reportaje de Patricia Simón en La Marea abre un debate especialmente delicado: los avances extraordinarios logrados por las saharauis durante medio siglo de exilio y las desigualdades que algunas de ellas quieren poder cuestionar sin que hacerlo se interprete como un ataque a su cultura o a la causa nacional.

Victoria G. Corera
Hablar de los derechos de las mujeres saharauis exige cierta precaución. No podemos observar desde fuera una sociedad refugiada desde hace medio siglo, construida en condiciones de guerra, ocupación y exilio, y convertir sus contradicciones internas en un juicio sobre todo un pueblo. Pero tampoco deberíamos dejar de escuchar a las propias mujeres saharauis cuando son ellas quienes plantean que algunos de sus derechos no pueden seguir esperando a que llegue la independencia.
Un amplio reportaje de Patricia Simón publicado en La Marea permite acercarse a esa conversación a través de ministras, funcionarias, jóvenes estudiantes, activistas feministas y mujeres que han creado sus propios proyectos sociales. Y obliga, de entrada, a recordar una historia extraordinaria: cuando decenas de miles de saharauis huyeron en 1975 y buena parte de los hombres marcharon al frente de guerra, las mujeres asumieron un papel decisivo en la organización de los campamentos, levantando escuelas, dispensarios, administraciones y estructuras sociales en uno de los lugares más inhóspitos del planeta. Hoy su acceso a los estudios superiores se aproxima al de los hombres y ocupan el 42,7% del Parlamento saharaui.
Precisamente porque ese papel ha sido tan importante merece la pena escuchar también las contradicciones que algunas de ellas señalan. Mahouda Ahmed, estudiante de cine de 19 años, ha dedicado su primer cortometraje al matrimonio infantil. El reportaje recuerda que la legislación saharaui establece, según la ministra de Asuntos Sociales y Promoción de la Mujer, una edad mínima de 16 años para contraer matrimonio, mientras diferentes activistas aseguran conocer casos de menores casadas y reclaman mecanismos más eficaces para impedirlo.
Las integrantes del Movimiento Feminista Saharaui plantean además cuestiones relacionadas con los cuidados, la presión social para casarse y tener hijos y las escasas oportunidades profesionales que encuentran muchas mujeres después de haberse formado. Una de ellas explica cómo algunas jóvenes observan a generaciones anteriores que estudiaron y emigraron para terminar nuevamente en los campamentos, condicionadas por la falta de empleo y concentrando buena parte de las tareas domésticas. La pregunta que surge —para qué estudiar durante años si después apenas existen posibilidades de desarrollar una vida profesional— habla también de las consecuencias sociales de cincuenta años de refugio y espera política.
Eso no significa atribuir todas las desigualdades a la ocupación o al exilio, porque ninguna sociedad está libre de relaciones de poder, tradiciones o contradicciones propias. Pero tampoco sería razonable analizar la realidad saharaui como si hubiera podido desarrollarse durante las últimas cinco décadas en condiciones normales. Abida Mohamed Buzeid, funcionaria del Ministerio saharaui de Exteriores, recuerda en el reportaje que las sociedades europeas han necesitado largos procesos de lucha para avanzar en igualdad y advierte contra la tentación de juzgar con superioridad a una comunidad levantada hace menos de medio siglo en condiciones extraordinarias de guerra y refugio. Al mismo tiempo, reconoce que quedan desafíos importantes.
Quizá el aspecto más delicado aparece cuando algunas feministas saharauis cuentan que sus denuncias han sido interpretadas como un perjuicio para la causa nacional o incluso como posiciones favorables a Marruecos. Su respuesta merece atención porque sitúa correctamente el debate: no consideran incompatible luchar por la independencia del Sáhara Occidental y reclamar al mismo tiempo sus derechos como mujeres. No quieren esperar a que exista un Estado saharaui independiente para empezar a discutir qué sociedad desean construir.
También resulta significativo el proyecto Por Nosotras, impulsado por mujeres saharauis para combatir prácticas estéticas que consideran perjudiciales para la salud. Su planteamiento no consiste en enfrentarse a su cultura desde fuera, sino en trabajar dentro de ella: utilizan un espacio de estética frecuentado por jóvenes para informar sobre los riesgos del uso de determinados productos aclarantes y medicamentos y buscar alternativas menos dañinas. Es una iniciativa nacida de mujeres que conocen su propia comunidad y buscan transformarla desde dentro.
Quienes durante décadas hemos defendido la causa saharaui hemos presentado con razón a sus mujeres como uno de los grandes pilares de la resistencia y de la organización de los campamentos. Pero reconocer ese papel no debería obligarnos a convertirlas en una imagen idealizada, siempre fuertes y siempre dispuestas a aplazar sus propias reivindicaciones en nombre de una causa superior. Defender la autodeterminación del pueblo saharaui significa también escuchar a las mujeres que quieren participar plenamente en la definición de la sociedad que algún día esperan construir, sin exigirles que aguarden a la independencia para empezar a hablar de igualdad.
Fuente: https://www.lamarea.com/2026/08/26/mujeres-saharauis/