¿Plan de autonomía marroquí o blanqueo de la ocupación del Sáhara Occidental?
Por Victoria G. Corera – Plataforma «NO TE OLVIDES DEL SÁHARA OCCIDENTAL»
Hay momentos en los que los conflictos dejan de moverse únicamente sobre el terreno militar y empiezan a transformarse sobre todo en el lenguaje político. Eso es exactamente lo que está ocurriendo hoy alrededor del Sáhara Occidental.
Durante décadas, incluso las potencias más cercanas a Marruecos mantuvieron al menos una cierta prudencia formal respecto al conflicto saharaui. Se hablaba de “solución negociada”, de “autodeterminación”, de “proceso de Naciones Unidas”. Incluso cuando Rabat bloqueaba sistemáticamente cualquier avance real hacia un referéndum, el marco jurídico internacional seguía oficialmente intacto.
Pero algo está cambiando.
Las declaraciones de Estados Unidos tras Smara, AFRICAN LION en Dajla, la visita del embajador estadounidense al territorio ocupado y la rapidez con la que Francia, representantes europeos y distintos aliados occidentales han comenzado a repetir prácticamente el mismo discurso marcan probablemente uno de los momentos de mayor presión diplomática internacional sobre el Frente Polisario desde el reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí en 2020.
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La cuestión no es únicamente que Washington apoye políticamente a Marruecos. Eso hace tiempo que dejó de ser una sorpresa. Lo verdaderamente importante es otra cosa: el intento creciente de presentar la autonomía marroquí no ya como una propuesta sometida a negociación, sino como el único desenlace posible del conflicto.
Y ahí es donde aparece el verdadero problema político y jurídico. Porque el conflicto del Sáhara Occidental nunca fue una discusión sobre fórmulas administrativas o modelos regionales de descentralización. El conflicto nace de una ocupación militar iniciada en 1975 sobre un territorio pendiente de descolonización cuyo pueblo conserva, según Naciones Unidas y el derecho internacional, un derecho inalienable a decidir libremente su futuro político.
Ese es el núcleo de la cuestión. Y precisamente por eso resulta tan significativa la evolución diplomática que estamos viendo.
Poco a poco, la palabra “autodeterminación” empieza a mantenerse en los discursos oficiales mientras el contenido político real se desplaza hacia otra dirección completamente distinta. La autonomía marroquí comienza a presentarse como “realista”, “viable”, “pragmática”, “base seria” o incluso “única solución”. Lo que hace apenas unos años se presentaba como una propuesta de una de las partes empieza ahora a tratarse diplomáticamente como una especie de horizonte inevitable.
La operación política es evidente: transformar progresivamente una ocupación militar nunca reconocida internacionalmente en una situación aceptada de hecho por las grandes potencias occidentales.
Y para entender cómo se ha llegado hasta aquí conviene recordar algo esencial que demasiadas veces desaparece deliberadamente del debate público.
El llamado “plan de autonomía” marroquí no nació como una fórmula consensuada de paz. Surgió precisamente como respuesta al riesgo de que Naciones Unidas terminara impulsando un verdadero referéndum de autodeterminación.
Durante años, el Plan Baker y los acuerdos de arreglo patrocinados por la ONU contemplaban la posibilidad de que el pueblo saharaui pudiera decidir entre distintas opciones políticas, incluida la independencia. Fue entonces cuando Marruecos endureció completamente su posición y desplazó el debate hacia otro terreno: dejar de hablar de autodeterminación para empezar a hablar exclusivamente de autonomía bajo soberanía marroquí. La diferencia entre ambas cosas es gigantesca.
Porque una población puede elegir libremente un estatuto autonómico en un proceso de autodeterminación reconocido internacionalmente. Pero eso no tiene nada que ver con imponer de antemano la autonomía como único resultado aceptable mientras se vacía de contenido el propio principio de autodeterminación.
Además, detrás de la palabra “autonomía” se oculta una realidad mucho menos ambigua de lo que suele presentarse en ciertos discursos diplomáticos occidentales.
El proyecto marroquí mantiene bajo control directo de Rabat y de la monarquía cuestiones centrales como la defensa, las relaciones exteriores, la seguridad o los recursos estratégicos del territorio. Al mismo tiempo, evita cuidadosamente abordar cuestiones decisivas: la colonización demográfica producida durante décadas, el retorno de refugiados, el control efectivo de los recursos naturales o las garantías internacionales que impedirían una absorción definitiva del territorio.
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Por eso numerosos juristas consideran que el proyecto marroquí se parece mucho más a una fórmula de descentralización administrativa limitada que a un verdadero proceso de autodeterminación.
Y precisamente por eso empieza a adquirir tanta importancia la presión diplomática actual. Porque AFRICAN LION, Smara y las últimas declaraciones occidentales muestran que el Sáhara Occidental ha dejado de ser tratado únicamente como una cuestión de descolonización pendiente. El territorio empieza a aparecer cada vez más ligado a intereses estratégicos mucho más amplios: rutas atlánticas, minerales estratégicos, seguridad regional, competencia geopolítica en África y alianzas militares.
Ahí reside probablemente el verdadero motor del nuevo alineamiento occidental. La autonomía marroquí empieza a percibirse en determinadas capitales no tanto como una solución jurídica legítima, sino como una fórmula útil de estabilidad geopolítica y control regional. Y cuando eso ocurre, el derecho internacional empieza a convertirse en un elemento secundario frente a la lógica de los intereses estratégicos.
El problema es que la historia demuestra que los conflictos coloniales no desaparecen simplemente porque las grandes potencias decidan normalizar diplomáticamente una ocupación.
De hecho, cuanto más se intenta imponer como irreversible una solución rechazada por una parte significativa del pueblo afectado, mayor suele ser el riesgo de enquistamiento, tensión permanente y radicalización futura.
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Por eso lo que está ocurriendo ahora alrededor del Sáhara Occidental va mucho más allá de una simple discusión diplomática.
Lo que empieza a decidirse es si el principio de autodeterminación seguirá teniendo algún valor real cuando entra en conflicto con intereses estratégicos occidentales o si, por el contrario, terminará reducido a una fórmula retórica vacía mientras se consolida lentamente la política de hechos consumados.
Y ésa es probablemente la verdadera batalla política que se esconde hoy detrás de la palabra “autonomía”.