4 de agosto de 2026 — El Gobierno español elogia la cooperación de Rabat para cerrar la crisis, pero sigue sin ofrecer una explicación convincente sobre cómo pudo producirse. Mientras tanto, Europa eleva el tono y Marruecos vuelve a aparecer en el centro de una relación marcada también por el Sáhara Occidental.
EL OBSERVADOR SAHARAUI EN NO TE OLVIDES DEL SÁHARA OCCIDENTAL
La crisis de Ceuta empieza a dejar algo más que imágenes de una entrada masiva. Está dejando versiones difíciles de encajar entre sí. José Manuel Albares agradece a Marruecos su colaboración «desde el primer momento», destaca la rapidez con la que fueron frenados los movimientos y utiliza esa respuesta como prueba de que Rabat sigue siendo un socio fiable. Pero esa explicación no responde a la pregunta que continúa flotando sobre todo lo ocurrido: si las autoridades marroquíes demostraron después semejante capacidad de control, ¿qué sucedió antes para que decenas de miles de personas pudieran concentrarse y dirigirse hacia la frontera?
Dentro del propio Gobierno español aparecen matices. Margarita Robles ha pedido a Marruecos que investigue «hasta el final» y ha advertido de que, fueran mafias o quien hubiera consentido lo sucedido, alguien deberá asumir responsabilidades. Pedro Sánchez había hablado anteriormente de una «violación» y un «ataque a la integridad territorial de España». No es exactamente el mismo relato que presentar el episodio únicamente como una movilización extraordinaria alentada por las redes sociales y después resuelta gracias a la eficaz cooperación marroquí.
Europa tampoco parece contemplar lo ocurrido como un simple episodio migratorio. Varios dirigentes europeos han hablado expresamente de «instrumentalización de la migración» y «amenazas híbridas» y han pedido incluso examinar la eficacia de la cooperación de la Unión Europea con Marruecos. Resulta llamativo: se reconoce la existencia de una posible utilización política de los movimientos migratorios, se habla de amenazas híbridas, pero al mismo tiempo Rabat continúa apareciendo como el socio imprescindible para controlar la misma frontera en la que acaba de producirse la crisis.
Por eso nuestra pregunta de estos días sigue teniendo sentido. No se trata de negar la pobreza, las redes sociales, las mafias o el efecto que pudiera tener una resolución judicial española. Se trata de preguntarse cómo todos esos factores pudieron traducirse en una movilización de semejante magnitud en uno de los espacios más controlados de Marruecos sin una decisión política que, como mínimo, permitiera que sucediera. Ayer, precisamente, nuestra opinión sobre la versión publicada por EL PAÍS fue una de las piezas más leídas de NOTEOLVIDES.
Y detrás de esta relación permanece inevitablemente el Sáhara Occidental. El giro español de 2022 fue presentado como el comienzo de una etapa de estabilidad con Marruecos. Cuatro años después, la dependencia continúa: España necesita a Rabat para el control migratorio, Europa reconoce el riesgo de instrumentalización y Washington refuerza simultáneamente las pretensiones marroquíes sobre el Sáhara. Quizá la cuestión ya no sea solamente quién abrió o cerró la frontera de Ceuta, sino cuánto margen político hemos entregado para que Marruecos pueda convertir ese control en un instrumento de poder.
El ministro de Exteriores utiliza la rapidez de la respuesta marroquí como prueba de colaboración. Pero precisamente esa capacidad para recuperar el control devuelve la pregunta al punto de partida.
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Nuestra pregunta sigue abierta: aceptar que Marruecos permitió y aprovechó la crisis no explica todavía por qué debemos excluir su responsabilidad en el origen de lo ocurrido.
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La carta de dirigentes europeos introduce un lenguaje mucho más político que el utilizado por el Gobierno español y plantea revisar incluso la cooperación europea con Rabat.
Robles señala a Marruecos mientras Albares insiste en su colaboración tras la crisis de Ceuta
La ministra de Defensa pide investigar quién pudo consentir lo sucedido y evita dar por cerrada la cuestión de las responsabilidades.
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La pieza más leída ayer recuerda el otro gran escenario de la relación con Rabat: mientras Washington intenta estrechar el marco de la negociación, el POLISARIO insiste en que ninguna solución puede sustituir el derecho saharaui a decidir.